Se rieron de mi boda con un supuesto indigente… hasta que habló y la iglesia entera quedó en silencio, entre lágrimas.
La mañana de mi boda, el cielo de la Ciudad de México amaneció cubierto de nubes bajas, de ese gris espeso que no sabe si traer lluvia o resignación. La iglesia de San Miguel Arcángel, en una colonia antigua del centro, brillaba con velas encendidas y vitrales bañados por una luz dorada y solemne. Todo parecía perfecto por fuera… pero por debajo se respiraba algo más áspero: miradas de juicio, sonrisas forzadas, murmullos que cortaban más hondo que cualquier insulto dicho en voz alta.
Los escuché incluso antes de dar el primer paso hacia el altar.
—¿De verdad se va a casar con él?
—Con todo lo que ella pudo haber conseguido…
—Ni siquiera parece que pertenezca a este lugar.
No eran simples comentarios. Eran olas. Y cada una chocaba contra mi pecho, una tras otra.
Pero entonces levanté la vista hacia el altar… y lo vi.
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