Él sonrió. Aliviado. Valiente.
Nos casamos no para demostrar nada, sino para prometernos una vida hecha de compasión, resiliencia y amor leal.
Y mientras salíamos de la iglesia, supe que aquel hombre al que todos llamaron “nada”… había cambiado algo dentro de todos nosotros.
Porque a veces, los corazones más grandes nacen después de las tormentas más crueles.
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