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15 años desaparecida — su abuelo confesó que vivían como marido y mujer 15 años desaparecida — su abuelo confesó que vivían como marido y mujer Read more

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Las cortinas permanecían cerradas. Casi siempre el olor a humedad, a comida recalentada, a abandono, se pegaba a las paredes. Los vecinos, cuando pasaban por delante de la puerta del tercero, aceleraban el paso como si la tragedia fuera contagiosa. En 2016, 13 años después del desaparecimiento, Rosario fue diagnosticada con diabetes tipo 2.

Su estado de salud general era tan precario que los médicos le advirtieron que si no cambiaba sus hábitos, comía mal, no hacía ejercicio, apenas salía de casa. Su expectativa de vida se reducirían drásticamente, pero Rosario parecía no importarle. Quizás, en el fondo, no quería vivir mucho más. Solo seguía viva por esa absurda, persistente, torturadora esperanza de que su hija pudiera volver.

Sebastián, mientras tanto, se había vuelto cada vez más extraño. A veces hablaba de Nerea como si acabara de verla. “Nerea me ha preparado la comida hoy.” Le decía a Rosario que al principio se alarmaba, pensando que su suegro había perdido la razón. Luego se dio cuenta de que Sebastián simplemente estaba confundiendo el pasado con el presente, que su mente octogenaria mezclaba los recuerdos de cuando Nerea vivía allí con el presente vacío.

O al menos eso era lo que Rosario pensaba. En 2017, 14 años después, la Guardia Civil revisó el caso una vez más como parte de una iniciativa nacional para revisar todos los casos de menores desaparecidos con nuevas tecnologías de análisis de datos. Un equipo de tres investigadores jóvenes que no habían estado involucrados en la investigación original.

Leyeron todo el expediente, entrevistaron de nuevo a testigos y utilizaron software de reconocimiento facial para buscar a Nerea en bases de datos de toda Europa. No encontraron nada nuevo, pero uno de los investigadores, la agente Carolina Blasco, quedó intrigada por un detalle del caso.

En la declaración original de Sebastián, él había dicho que Nerea se fue después de comer a casa de una amiga. Pero los vecinos que fueron interrogados en 2003 no recordaban haber visto a Nerea salir del edificio por la tarde. En un edificio como ese, con vecinos que pasaban mucho tiempo en casa por el calor del verano, era estadísticamente raro que absolutamente nadie la hubiera visto salir.

Carmen Ortiz la había visto bajar por la mañana, pero nadie la vio subir después de comprar el pan y nadie la vio volver a bajar por la tarde. Carolina Blasco presentó esta observación a sus superiores, sugiriendo que quizás valía la pena reinterrogar a Sebastián ahora con 82 años. Pero sus superiores decidieron que después de tanto tiempo y con el estado de salud del anciano era poco probable que se obtuviera nueva información.

El caso volvió a archivarse como sin resolver y así llegó el año 2018. 15 años después de aquel 23 de junio en que Nerea Campos salió a comprar pan y nunca volvió. Rosario tenía ahora 49 años, pero aparentaba 20 más. Sebastián con 82 seguía vivo contra todo pronóstico, encerrado en su habitación la mayor parte del tiempo. Y en algún lugar del mundo, teóricamente, Nerea tendría 26 años, una mujer adulta que quizás había construido una vida nueva o quizás nunca tuvo la oportunidad de crecer.

¿Qué había pasado realmente con Nerea Campos? En 15 años nadie había encontrado una respuesta, pero eso estaba a punto de cambiar de la forma más perturbadora imaginable. El 14 de marzo de 2018, un miércoles por la tarde, Sebastián Ruiz sufrió un infarto fulminante. Estaba en su habitación solo cuando ocurrió.

Rosario lo encontró tres horas después, cuando fue a llamarlo para cenar y no obtuvo respuesta. abrió la puerta de su habitación, que habitualmente estaba cerrada con llave desde dentro, y lo encontró tirado en el suelo junto a su cama, con el rostro púrpura y los ojos abiertos, sin vida. Rosario llamó al 112, pero los paramédicos que llegaron 20 minutos después confirmaron que Sebastián llevaba muerto probablemente desde el mediodía.

Tenía 82 años, una larga historia de problemas cardíacos sin tratar y había muerto de forma rápida, probablemente sin mucho sufrimiento. El médico forense que acudió para certificar la muerte determinó que no había nada sospechoso. Era simplemente un anciano con múltiples factores de riesgo que había sufrido un infarto masivo. Rosario sintió nada, o quizás demasiadas cosas mezcladas para identificar una emoción concreta.

Ese hombre había sido el suegro de su exmarido, el abuelo de su hija desaparecida, su compañero de piso durante 18 años, el último testigo de los últimos momentos de Nerea y ahora estaba muerto. No sentía tristeza exactamente, tampoco alivio, solo un entumecimiento extraño, como si su capacidad para sentir se hubiera agotado hacía años.

El funeral fue discreto, casi vacío. Asistieron tres o cuatro vecinos antiguos del edificio, un primo lejano de Sebastián, que apareció desde Murcia, y sorprendentemente José Manuel Fuentes, el guardia civil jubilado que nunca había podido olvidar el caso Campos. Antonio Ruiz, el hijo de Sebastián y padre de Nerea, llamó desde Barcelona diciendo que no podría asistir por problemas de salud.

Sebastián fue incinerado, como había especificado en un testamento muy simple que dejó en un cajón de su habitación, junto con instrucciones básicas sobre dónde esparcir sus cenizas. En cualquier campo cerca de Albacete le daba igual. Después del funeral, Rosario tuvo que enfrentarse a vaciar la habitación de Sebastián.

Durante 15 años esa habitación había permanecido cerrada la mayor parte del tiempo, territorio privado del anciano. Rosario apenas había entrado allí solo ocasionalmente para limpiar superficialmente o cambiar las sábanas cuando Sebastián se lo permitía, que era raramente. Dos días después del funeral, el 18 de marzo de 2018, Rosario abrió la puerta de la habitación de Sebastián con la intención de empezar a ordenar sus pertenencias.

La habitación era pequeña, sin ventanas, como había sido originalmente un cuarto de costura, una cama individual, un armario viejo de madera, una mesita de noche con lámpara, una silla, las paredes pintadas de un color beige apagado con manchas de humedad en las esquinas. Olía acerrado a vejez, a una persona viviendo en un espacio demasiado pequeño.

Rosario comenzó con el armario. Ropa vieja. La mayoría desgastada y manchada, decidió tirarlo casi todo, excepto un par de camisas que parecían en buen estado y que podría donar a Cáitas. En los cajones del armario encontró documentos, el DNI de Sebastián, algunas fotografías muy viejas de cuando estaba casado con Amparo, cartas amarillentas de décadas atrás.

Todo lo metió en una caja de cartón para revisar con más calma después. Luego fue a la mesita de noche. En el cajón superior había medicamentos caducados, gafas de leer rotas, pilas gastadas, el tipo de basura que se acumula con los años. Iba a tirar todo cuando vio que debajo de todo había un sobre grande, marrón, del tipo que se usa para documentos importantes. Lo sacó.

Estaba cerrado, pero no sellado, no. Con el corazón comenzando a latir más rápido, sin saber exactamente por qué, Rosario abrió el sobre. Dentro había fotografías, muchas fotografías. La primera que vio le detuvo el corazón. Era Nerea, pero no la Nerea de 11 años que había desaparecido. Era Nerea mayor, adolescente. Llevaba el pelo más largo.

Su rostro había perdido la redondez infantil, pero era inconfundiblemente ella. En la fotografía, Nerea estaba sentada en lo que parecía ser la misma habitación donde Rosario se encontraba ahora, en esa cama, llevando un camisón blanco, mirando a la cámara con una expresión que Rosario no supo cómo interpretar.

Tristeza, resignación, miedo. Con manos temblorosas, Rosario sacó las demás fotografías del sobre. Había docenas. Nerea a diferentes edades, desde los 11 o 12 años hasta hasta fotografías que parecían ser muy recientes. Nerea con 20, 21, 25 años, todas tomadas en esa misma habitación.

En algunas estaba sentada en la cama, en otras de pie junto al armario, en algunas dormida, en unas pocas estaba de espaldas, mostrando su espalda desnuda con moratones visibles. Rosario sintió que iba a vomitar. El sobre cayó de sus manos. Las fotografías se esparcieron por el suelo. Se apoyó en la pared, deslizándose hasta quedar sentada, sin poder apartar la vista de las imágenes dispersas delante de ella.

Su hija Nerea había estado allí en esa habitación durante 15 años a metros de distancia, en el mismo piso donde Rosario había llorado su desaparición, donde había guardado su habitación intacta como un santuario, donde había vivido con la agonía de no saber qué había sido de ella. Y Sebastián, Sebastián había no podía completar el pensamiento, era demasiado monstruoso.

Rosario no sabe cuánto tiempo estuvo allí sentada en el suelo, rodeada de esas fotografías en esa habitación que de repente se sentía como una tumba. Podría haber sido 10 minutos o 2 horas. Cuando finalmente pudo moverse, lo primero que hizo fue buscar desesperadamente cualquier señal de que Nerea todavía estuviera allí, de que siguiera viva, de que hubiera alguna forma de salvarla.

Revisó debajo de la cama solo polvo y un par de calcetines viejos. Abrió de nuevo el armario sacando toda la ropa, buscando una puerta secreta, un compartimento oculto, cualquier cosa. Golpeó las paredes buscando huecos. levantó el colchón. Nada, solo una habitación normal, pequeña, sofocante. Entonces vio algo que había pasado por alto inicialmente en la parte interior de la puerta del armario, a baja altura, había arañazos en la madera, muchos arañazos formando palabras.

Rosario se arrodilló para leerlos mejor. Estaban escritos con algo afilado, probablemente una uña, rasguñando la madera con desesperación a lo largo de años. Mamá, ayuda. Por favor, Dios, que alguien me encuentre. Ya no puedo más. Quiero morirme. Y fechas, muchas fechas rasguñadas en la madera. La más antigua que Rosario pudo distinguir era 26 junio 2003, 3 días después del desaparecimiento. La más reciente, 11 marzo 2018.

3 días antes de la muerte de Sebastián, Rosario comenzó a gritar. Gritó tan fuerte y durante tanto tiempo que los vecinos alarmados llamaron a la policía pensando que estaba siendo atacada. Cuando los agentes llegaron y la encontraron en esa habitación, rodeada de fotografías y señalando los arañazos en el armario, comprendieron inmediatamente que algo terrible había sido descubierto.

La investigación que siguió fue una de las más complejas y perturbadoras en la historia reciente de la Guardia Civil en Castilla la Mancha. Un equipo de investigación criminal, forenses, psicólogos y expertos en casos de secuestro fue desplegado inmediatamente al piso de los campos. La primera pregunta urgente era, ¿dónde estaba Nerea ahora? Los análisis forenses de la habitación revelaron información devastadora.

Se encontraron cabellos largos, castaños rizados en la cama y el suelo que análisis de ADN posteriores confirmaron que pertenecían a Nerea Campos. Las fechas de los mensajes rasguñados en el armario confirmaban que había estado en esa habitación al menos hasta el 11 de marzo de 2018, apenas 3 días antes de la muerte de Sebastián. Pero no había señales de Nerea en el piso.

Ahora no había ropa suya en ningún lugar, excepto la de su habitación infantil intacta desde 2003. No había rastros recientes de su presencia en el resto del piso, solo en esa habitación. Los investigadores interrogaron a Rosario intensivamente. Ella insistía entre lágrimas histéricas que no había sabido absolutamente nada, que nunca había oído nada.

que Sebastián mantenía su habitación cerrada con llave, que apenas le permitía entrar, que ella respetaba su privacidad porque era un hombre mayor y merecía su espacio. “Pero nunca escuchó nada”, le preguntaban los investigadores. “Ningún ruido, ningún grito, nada en 15 años.” Rosario se retorcía las manos intentando recordar.

El piso era viejo, las paredes gruesas. Ella tomaba medicación fuerte para dormir desde hacía años. Sebastián la había ido convenciendo gradualmente de que era mejor que ella durmiera con tapones en los oídos porque él tosía mucho por la noche y no quería molestarla. Había sido todo una estrategia para que no oyera nada.

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