Los vecinos fueron interrogados de nuevo. ¿Habían escuchado algo a lo largo de los años? Carmen Ortiz del segundo piso recordaba que ocasionalmente, muy ocasionalmente, había oído como golpes o voces apagadas desde el piso de arriba, pero vivir en un edificio de pisos significa oír constantemente ruidos de los vecinos.
Nunca le había parecido particularmente alarmante. A veces pensaba que Rosario estaba moviendo muebles o que habían puesto la televisión muy alta, explicaba, devastada por la culpa de no haber prestado más atención. Los expertos forenses analizaron las fotografías encontradas en el sobre.
Había más de 100 tomadas a lo largo de 15 años. Las primeras mostraban a Nerea claramente en estado de shock, con los ojos muy abiertos, el rostro pálido. En las fotografías de los años intermedios, su expresión era de resignación completa, casi de vacío. En las más recientes, parecía mayor de lo que debería aparentar para sus 26 años, con profundas ojeras y una delgadeza, lo más perturbador era la progresión que las fotografías revelaban.
No solo documentaban el encarcelamiento físico de Nerea, sino algo mucho peor. En algunas de las fotografías más recientes, Nerea no estaba sola. Aparecía Sebastián junto a ella con el brazo alrededor de sus hombros. En una, ambos miraban a la cámara, probablemente con un temporizador. En otra, Nerea tenía la cabeza apoyada en el hombro de Sebastián. No parecían fotografías de un secuestrador y su víctima.
Parecían fotografías de una pareja. La idea era tan nauseabunda que los investigadores inicialmente no querían ni considerar esa posibilidad, pero las evidencias se acumulaban. En el análisis forense del colchón de la cama se encontró ADN de ambos, mezclado de forma que sugería contacto sexual. En un cajón del armario, ocultos debajo de ropa vieja, se encontraron preservativos usados.
Análisis posteriores confirmarían que contenían material genético de Sebastián y de Nerea. El horror de la situación comenzó a hacerse claro. Sebastián no solo había secuestrado a su nieta y la había mantenido cautiva durante 15 años. La había convertido en su compañera sexual, su esposa, en su retorcida realidad.
La confesión que daría título al caso, vivían como marido y mujer. No era una exageración periodística, era literalmente lo que había ocurrido en esa habitación durante década y media. Los psicólogos intentaron reconstruir cómo había sido posible. Nerea tenía solo 11 años cuando desapareció. Sebastián, con 68 años era la única figura de autoridad en su vida durante muchas horas del día mientras Rosario trabajaba.
El proceso, dedujeron los expertos, probablemente había comenzado mucho antes del desaparecimiento oficial. Los justificantes escolares falsos, las ausencias de Nerea durante el último trimestre antes de desaparecer, todo empezaba a cobrar sentido. Sebastián probablemente había estado preparando a Nerea durante meses. Abuso psicológico sutil, aislamiento gradual, posiblemente abuso sexual que había comenzado antes del 23 de junio de 2003.
Para cuando llegó ese día, Nerea ya estaba lo suficientemente traumatizada y controlada como para obedecer cuando su abuelo, después de que volviera de comprar el pan, le dijo que no podía salir más, que tenía que quedarse en su habitación, que su madre no debía saber que estaba allí. Pero, ¿cómo era posible mantener ese secreto durante 15 años en un piso de tres habitaciones donde también vivía otra persona? Los investigadores encontraron la respuesta en los detalles arquitectónicos de esa habitación sin ventanas y con paredes gruesas de una construcción antigua. Sebastián había instalado en algún
momento un cerrojo adicional en la puerta que solo se podía abrir desde fuera. Esa habitación se había convertido en una prisión perfecta. Sebastián controlaba cuándo Nerea comía. le llevaba comida de las comidas que Rosario preparaba diciéndole que él tenía mucho apetito. Controlaba cuándo podía ir al baño, solo cuando Rosario no estaba en casa o por la noche cuando ella dormía profundamente por la medicación.
controlaba todo aspecto de su existencia y sobre todo había controlado su mente. Los expertos en síndrome de Estocolmo y abuso prolongado explicaron como después de años de cautiverio, especialmente cuando este comienza en la infancia, la víctima puede desarrollar una dependencia psicológica del abusador. Es un mecanismo de supervivencia.
Nerea probablemente había llegado a aceptar su situación porque la alternativa mental, mantener la resistencia durante 15 años simplemente no era sostenible para la psique humana. Pero todo esto no respondía a la pregunta más urgente. ¿Dónde estaba Nerea ahora? Sebastián había muerto el 14 de marzo. Nerea había escrito su último mensaje en el armario el 11 de marzo. ¿Qué había pasado en esos tres días? Había muerto.
Nerea también había escapado después de la muerte de su abuelo. Sebastián había hecho algo con ella antes de morir. Se organizaron nuevas batidas de búsqueda. Se revisaron cámaras de seguridad de toda Albacete de las semanas anteriores, buscando algún rastro de una mujer que se pareciera a Nerea. Se alertó a hospitales, albergues, estaciones de tren y autobús.
Se emitió su descripción actualizada. basada en las fotografías recientes, mujer de 26 años, aproximadamente 160 de altura, muy delgada, cabello castaño rizado, posiblemente en estado de desorientación o trauma. El caso se convirtió en noticia nacional. Los titulares eran cada vez más perturbadores.
Niña desaparecida fue retenida por su abuelo durante 15 años. El horror en Albacete. Abuelo convirtió a su nieta en su pareja, 15 años secuestrada en la habitación de al lado. El piso de los campos fue asediado por periodistas. Rosario tuvo que ser trasladada temporalmente a un piso de protección de testigos para evitar el acoso mediático.
Los investigadores interrogaron a todas las personas que habían tenido cualquier tipo de contacto con Sebastián en sus últimos meses de vida. médicos que lo habían visitado ocasionalmente, el primo de Murcia que había venido al funeral, antiguos compañeros de construcción con los que había trabajado décadas atrás.
Nadie había visto nunca nada que pudiera sugerir lo que estaba ocurriendo en esa habitación. Se revisó el historial telefónico de Sebastián. No tenía móvil. El teléfono fijo del piso mostraba muy pocas llamadas salientes en los últimos años, principalmente para pedir citas médicas que luego nunca cumplía. No había compras online, no había movimientos bancarios sospechosos.
Sebastián había vivido una vida increíblemente aislada, lo cual probablemente había facilitado mantener su secreto. El análisis de las fotografías proporcionó más pistas perturbadoras. Los metadatos de las digitales, las más recientes, habían sido tomadas con una cámara digital barata que Sebastián debía haber comprado en algún momento, mostraban que la última había sido tomada el 8 de marzo de 2018, 6 días antes de su muerte.
En esa fotografía, Nerea aparecía muy enferma, acostada en la cama con expresión de dolor. Había estado enferma. Sebastián la había cuidado. ¿O había ocurrido algo peor? Los forenses buscaron rastros de sangre en la habitación con luminol. Encontraron algunas manchas muy pequeñas y antiguas, consistentes con menstruación o pequeñas heridas a lo largo de los años, pero no había evidencia de violencia extrema o asesinato reciente. Se revisaron todas las propiedades a nombre de Sebastián.
Solo tenía ese piso que en realidad seguía a nombre de Rosario. No tenía ninguna casa de campo, ningún almacén, ningún lugar donde pudiera haber trasladado a Nerea. Entonces, ¿dónde estaba? Los días se convirtieron en semanas.
Se hicieron llamamientos públicos para que Nerea, si estaba viva y libre, se pusiera en contacto con las autoridades. Se aseguró que no era sospechosa de ningún crimen, que solo querían ayudarla, que nadie la culpaba por lo que había sufrido. Rosario, en sus interrogatorios, intentaba desesperadamente recordar cualquier detalle que pudiera ayudar. En los últimos días antes de que Sebastián muriera, recordó en una sesión, lo noté más nervioso de lo habitual.
Murmuraba cosas que no entendía. Algo sobre hay que hacer lo correcto y no puede seguir así. Pensé que estaba delirando, que su mente finalmente se estaba yendo, pero ahora pienso, “¿Y si sabía que iba a morir? ¿Y si hizo algo? planeó algo. Esta línea de pensamiento abrió nuevas posibilidades.
¿Había organizado Sebastián algún tipo de escape para Nerea antes de morir? ¿Le había dado dinero, documentación falsa, instrucciones para huir? ¿O por el contrario había decidido que si él moría, Nerea también debía morir para mantener el secreto? Se intensificó la búsqueda de cuerpos en las afueras de Albacete. Se utilizaron perros cadáver en zonas rurales cercanas. Se dragaron de nuevo pozos y estanques. Nada.
La incertidumbre era agonizante. Para Rosario, el descubrimiento de que su hija había estado viva todo ese tiempo a metros de distancia era casi tan devastador como el desaparecimiento original. Había vivido 15 años llorando a una hija que pensaba perdida cuando en realidad Nerea estaba siendo torturada en la habitación contigua.
El peso de esa culpa de esos y si hubiera prestado más atención de todos los debería haber notado algo. La estaba matando más efectivamente que cualquier enfermedad física. Y entonces, el 15 de abril de 2018, 32 días después de la muerte de Sebastián, llegó la llamada que cambiaría todo.
Era un domingo por la tarde cuando el teléfono de la línea directa de información sobre el caso Campos sonó en la comandancia de la Guardia Civil de Albacete. El agente de guardia Tomás [ __ ] levantó el auricular esperando otra de las muchas llamadas de testigos, bien intencionados, pero equivocados, que habían inundado la línea desde que el caso se hizo público.
“Guardia civil, dígame”, contestó Tomás con voz profesional, pero cansada. Hubo una pausa larga al otro lado, luego una voz de mujer tan baja que Tomás tuvo que apretar el auricular contra su oreja para escucharla. Soy yo. Soy Nerea. Tomás se enderezó inmediatamente en su silla, haciendo señas frenéticas a sus compañeros.
“Nerea, Campos”, le preguntó intentando mantener la voz calmada, aunque su corazón latía con fuerza. “¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¿Estás a salvo? Estoy en no sé exactamente dónde, un pueblo pequeño. He visto un cartel que dice pozuelo. Hay una cabina telefónica en una gasolinera. La voz era monótona, sin inflexión, como si estuviera leyendo un texto sin comprenderlo. Pozuelo.
Tomás estaba ya tecleando en el ordenador. Había varios pozuelos en España. Pozuelo de algo más. ¿Hay más palabras en el cartel? Pozuelo de Calatraba. respondió la voz tras otro silencio. Tomás lo encontró en el mapa Pozuelo de Calatrava, ciudad real, a unos 120 km al sur de Albacete, un pueblo de apenas 1000 habitantes.
Nerea, escúchame con mucha atención. Vamos a ir a buscarte ahora mismo, ¿de acuerdo? Vas a estar a salvo. Necesito que me digas exactamente dónde estás. Dijiste una gasolinera. Es una estación de servicio grande. Es pequeña, Repsol. Está en la carretera principal del pueblo. Perfecto. Puedes quedarte allí.
¿Hay alguien más contigo? ¿Estás herida? Puedo quedarme. Estoy sola. No estoy herida. La voz seguía siendo inquietantemente plana. Nerea, esto es muy importante. Estás en peligro ahora mismo. Alguien te está reteniendo o amenazando. Una pausa más larga esta vez. Ya no. Él está muerto. Lo sabemos. Tu abuelo murió.
Ya no puede hacerte daño. Vamos a enviarte ayuda inmediatamente. ¿De acuerdo? Aguarda en la gasolinera. Entra en la tienda si puedes. Habla con el empleado. Estaremos allí en menos de una hora. No quiero ver a mi madre”, dijo Nerea de repente con un atisbo de emoción en la voz por primera vez. “Todavía no. Por favor, no la traigan.” De acuerdo. De acuerdo. No la traeremos.
Solo vendrán agentes y personal médico. Nadie va a obligarte a ver a nadie hasta que estés lista. Vale. Susurró Nerea. ¿Sigues ahí? Sí. Voy a quedarme contigo al teléfono hasta que lleguen mis compañeros. ¿Te parece bien? No puedo, no tengo más monedas. La voz de Nerea temblaba ahora solo tenía estas. Nerea, espera.
Pero la línea ya se había cortado. Tomás inmediatamente activó el protocolo de emergencia. En menos de 5 minutos, una patrulla de la Guardia Civil de Ciudad Real estaba siendo despachada a pozuelo de Calatraba con instrucciones precisas de localizar a una mujer en la gasolinera Repsol de la carretera principal. Simultáneamente se despachó desde Albacete un equipo especializado en casos de trauma que incluía psicólogos y personal médico. La patrulla de Ciudad Real llegó a Pozuelo en 15 minutos.
Encontraron a Nerea sentada en el suelo junto a la cabina telefónica de la gasolinera, abrazándose las rodillas, mirando fijamente al suelo. El empleado de la gasolinera, un hombre de unos 50 años, estaba a unos metros de distancia, obviamente preocupado, pero sin saber qué hacer.
Nerea Campos? Preguntó con suavidad la agente Julia Romero, acercándose lentamente como se acercaría uno a un animal asustado. Nerea levantó la vista. Sus ojos, esos ojos oscuros que Rosario había buscado desesperadamente durante 15 años miraron a la agente sin reconocimiento ni emoción particular. “Sí”, dijo simplemente.
“Soy la agente Romero de la Guardia Civil. Vamos a llevarte a un lugar seguro donde pueden revisarte médicos y donde estarás protegida. ¿De acuerdo? Nerea asintió y con movimientos lentos y rígidos se puso de pie. Era extremadamente delgada, más de lo que aparentaba en las fotografías. Llevaba ropa que le quedaba grande, unos vaqueros holgados sujetos con un cinturón, una sudadera gris con capucha, zapatillas deportivas que parecían viejas.
Su pelo, ese cabello castaño y rizado que su madre recordaba, estaba corto ahora, cortado irregularmente a la altura de los hombros, como si lo hubiera hecho ella misma sin espejo. En el trayecto al hospital de Ciudad Real, donde el equipo de Albacete se encontraría con ellos, Nerea no habló. Respondía cuando le hacían preguntas directas. No, no le dolía nada.
Sí podía caminar. No, no necesitaba comer ahora mismo, pero no ofrecía información voluntariamente. Se sentó en el asiento trasero del coche patrulla, mirando por la ventana con expresión de absoluta ausencia, como si su mente estuviera muy muy lejos de su cuerpo. en el hospital fue examinada exhaustivamente. Aparte de desnutrición, deshidratación y múltiples marcas de antiguo abuso físico en su cuerpo, no presentaba heridas recientes.
Los médicos determinaron que estaba físicamente estable, aunque recomendaron hospitalización al menos durante unos días para rehidratación y observación. Luego llegó el momento de los interrogatorios. Los psicólogos insistieron en que debía hacerse con extrema delicadeza, que Nerea claramente estaba en estado de shock profundo, que forzarla podría causarle un trauma adicional, pero la investigación necesitaba respuestas.
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