Necesitaba saber qué había ocurrido realmente durante esos 15 años y, crucialmente, cómo había llegado Nerea desde Albacete hasta Pozuelo de Calatraba. La doctora Alicia Montero, una psicóloga forense especializada en víctimas de abuso prolongado, fue quien condujo las primeras entrevistas. Se hicieron en una habitación confortable del hospital con solo Alicia y Nerea presentes grabando con audio, pero sin cámaras para reducir la presión.
Nerea comenzó Alicia con voz suave. Sé que esto es extremadamente difícil. No tienes que contarme todo ahora. Podemos ir paso a paso a tu ritmo, pero me gustaría que intentaras explicarme cómo llegaste hasta Pozuelo. ¿Puedes hacer eso? Nerea estaba sentada en un sillón, envuelta en una manta del hospital, a pesar de que no hacía frío.
Miraba sus manos que descansaban en su regazo. Él me dejó salir. Dijo finalmente con esa voz plana que los investigadores ya estaban empezando a reconocer como su tono habitual tras años de trauma. Tu abuelo Sebastián te dejó salir. Antes de morir, supo que iba a morir. Como lo supo? Llevaba días diciendo que su pecho le dolía, que le costaba respirar.
El día antes, el 13 de marzo, por la noche, entró en la habitación. No era su hora habitual. Estaba muy pálido, sudando. Me dijo que me tenía que explicar algo importante. Nerea hablaba en un tono monocorde, como si estuviera recitando una lección memorizada. Alicia se dio cuenta de que probablemente era un mecanismo de disociación, una forma de contar una historia sin permitirse sentir realmente lo que estaba diciendo. ¿Qué te explicó? Me dio una bolsa dentro.
Había ropa, esta ropa que llevo y dinero, bastante dinero en efectivo. Y me dijo que cuando él muriera tenía que salir, que la puerta de la habitación estaría abierta, que Rosario, mi madre, estaría dormida o distraída, y que tenía que irme antes de que ella descubriera las fotografías. Él sabía que tu madre encontraría las fotografías.
Sí, las dejó a propósito en un sitio donde ella las encontraría cuando vaciara su habitación después de que él muriera. Dijo que era su confesión, que no podía confesarle a un cura, pero que quería que alguien supiera la verdad, que le gustaba la idea de confesar después de muerto cuando ya no pudiera ser castigado. El cinismo sociopático de Sebastián, incluso desde la tumba, hizo que Alicia sintiera náuseas, pero mantuvo su expresión neutral y profesional.
¿Y qué pasó después de esa conversación? Me explicó cómo llegar a la estación de autobuses de Albacete. Me había dibujado un mapa. Me dijo que comprara un billete a cualquier sitio, que viajara durante unos días, que no llamara a nadie hasta estar lejos, que si llamaba demasiado pronto, tendría que ver a mi madre y explicar, explicar por qué no intenté escapar antes, porque me quedé todos esos años.
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