Justo antes de ser ejecutado, un reo pide un último deseo, que le permitan hablar con su pequeña hija Salomé. Lo que la pequeña le susurra al oído cambia todo por completo. El reloj de la pared marcaba las 6 de la mañana cuando los guardias abrieron la celda de Ramiro Fuentes. 5 años esperando este día, 5 años de gritar su inocencia a paredes que nunca respondieron. Ahora, a pocas horas de enfrentar la sentencia final, solo le quedaba una petición.
Quiero ver a mi hija dijo con voz ronca. Solo eso pido. Déjenme ver a Salomé antes de que todo termine. El guardia más joven lo miró con lástima. El más viejo escup al suelo. Los condenados no tienen derechos. Es una niña de 8 años. No la he visto en 3 años. Es lo único que pido. La petición llegó hasta el director de la prisión, un hombre de 60 años llamado Coronel Méndez, que había visto pasar cientos de condenados por ese pasillo.

Algo en el expediente de Ramiro siempre le había causado ruido. Las pruebas eran sólidas, huellas en el arma, ropa manchada, un testigo que lo vio salir de la casa esa noche. Pero los ojos de Ramiro no eran los ojos de un culpable. Méndez había aprendido a reconocer esa mirada en 30 años de carrera. “Que traigan a la niña,”, ordenó. Tr horas después, una camioneta blanca se estacionó frente a la prisión. De ella bajó una trabajadora social, sosteniendo la mano de una niña rubia, con ojos grandes y expresión seria.
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