Aquella mañana, los rayos de luz que se colaban por la ventana de la cocina no lograban ablandar el nudo en el pecho de Estela. En la mesa del comedor había un sobre marrón con el sello del juzgado de familia. No era una invitación. Era una sentencia previa al martillo.

Con manos temblorosas, lo abrió. La citación era clara: audiencia de divorcio, al día siguiente, primera hora.
Estela sintió que el aire se hacía más pesado. No por la noticia en sí, sino por la manera en que todo había ocurrido: tres semanas sin que Gabriel volviera a casa, llamadas ignoradas, excusas frías, distancia convertida en costumbre.
Y luego, el mensaje en el celular, como si ella fuera una obligación administrativa.
“Ya te llegó la carta, ¿verdad? No hagas drama. Coopera.”
Sin saludo. Sin respeto. Sin historia.
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