Ese anciano era la leyenda viva del derecho, el fundador y dueño del bufete donde él trabajaba. El hombre del retrato, el nombre que se citaba como autoridad. El maestro que podía levantar o destruir carreras con una sola llamada.
La soberbia se le derrumbó en la garganta.
La justicia, sin gritos, entra a la sala
Gabriel pasó de rey a suplicante. No por amor. Por miedo.
Quiso retirar todo, quiso “volver” con Estela como quien compra un perdón.
Don Silverio no lo dejó esconderse detrás del teatro.
“No suplicas porque te arrepientas. Suplicas porque temes perder tu mundo.”
Y entraron a la sala de audiencias.
Cuando los jueces vieron a Don Silverio, el ambiente cambió. No por amenaza, sino por presencia: en ese lugar, de pronto, no había espacio para trampas.
Gabriel retiró la demanda de bienes. Reconoció la contribución de Estela. Cedió todo. Y, obligado a mirarse en un espejo, admitió algo que nunca había dicho:
“Yo no fui digno de ella.”
La sentencia salió. Estela no quedó en la calle, no quedó humillada, no quedó borrada.
Salió libre.
El regreso con la cabeza en alto
Afuera, un auto elegante esperaba por Don Silverio. Antes de irse, le dio a Estela una tarjeta.
“Tu casa ya está segura. Pero la vida sigue. Si necesitas trabajo o ayuda legal, llama.”
Y le dejó un último mensaje, simple y contundente:
“No lamentes esta separación. No perdiste nada. Recuperaste tu dignidad.”
Estela volvió a mirar la calle. El autobús, ese símbolo que otros usaban para despreciar, había sido el puente hacia la justicia.
Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió de verdad.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.