No podía hablar.
No podía moverse.
Solo podía mirar… y respirar.
Antes de casarse, Daniel había sido muy claro con ella.
—Lucía… te amo más que a nada. Pero debes prometerme algo.
Nunca entres a la habitación de mi padre cuando yo no esté.
Nunca intentes bañarlo ni cambiarlo. Para eso está su enfermero privado.
A mi padre le duele que otros lo vean vulnerable.
Lucía se sorprendió.
—Pero soy su nuera… quiero ayudar…
—No —respondió Daniel con firmeza—. Respétalo. Si rompes esta promesa… nuestra familia podría romperse.
Por amor, Lucía obedeció.
Durante dos años jamás cruzó esa puerta.
Siempre estaba Enrique, el enfermero de confianza, encargado del cuidado de Don Rafael.
Hasta que un día, Daniel tuvo que viajar tres días por trabajo fuera del estado.
En el segundo día, Lucía recibió un mensaje.
“Señora Lucía, lo siento mucho… tuve un accidente en moto. Estoy en el hospital. No podré ir hoy ni mañana a cuidar a Don Rafael.”
A Lucía se le heló el corazón.
Corrió a la habitación de su suegro.
Al abrir la puerta, el olor la golpeó.
Don Rafael estaba sucio, incómodo, claramente angustiado.
Sus ojos la miraban desesperados.
—Dios mío… —susurró Lucía con lágrimas—. No puedo dejarlo así…
Sabía que Daniel se enfadaría, pero decidió actuar desde el corazón.
Preparó agua tibia.
Toallas limpias.
Ropa fresca.
Se acercó con cuidado.
—No se preocupe, señor… estoy aquí. Nadie debería pasar por esto solo.
Con manos temblorosas comenzó a ayudarlo.
Lo limpió con cuidado, con respeto, con ternura.
Pero cuando necesitó quitarle la camisa para limpiarle la espalda…
Lucía se quedó completamente inmóvil.
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