BAÑÉ A MI SUEGRO PARALÍTICO A ESPALDAS DE MI ESPOSO… Y AL DESCUBRIR UNA MARCA EN SU CUERPO, CAÍ DE RODILLAS AL REVELARSE EL SECRETO DE MI PASADO

Pero cuando necesitó quitarle la camisa para limpiarle la espalda…

Lucía se quedó completamente inmóvil.

El mundo se volvió silencio.

Porque en el hombro de Don Rafael…
entre las cicatrices profundas…
había algo que nunca olvidaría.

Un tatuaje.

Un águila sosteniendo una rosa.

Su cuerpo empezó a temblar.

Porque ese tatuaje vivía en su memoria desde que tenía siete años.

FLASHBACK – 20 AÑOS ATRÁS

La casa hogar donde vivía Lucía se incendiaba.
Gritos.
Humo.
Fuego por todas partes.

La pequeña Lucía estaba atrapada.

—¡Auxilio! ¡Por favor!

De pronto, un hombre entró entre las llamas.
No lo conocía.
La envolvió en una manta húmeda y la abrazó con fuerza.

—¡No me sueltes, niña! —gritó el hombre.

Lucía sintió cómo el fuego quemaba la espalda de aquel desconocido…
porque él estaba recibiendo todo el dolor para protegerla a ella.

Antes de desmayarse, vio el tatuaje en su hombro:
un águila con una rosa.

Cuando despertó en el hospital, los bomberos dijeron que un “buen samaritano” la había salvado y se había ido sin dar su nombre.

Nunca volvió a verlo.

Lucía regresó al presente.

Con manos temblorosas tocó las cicatrices de Don Rafael.

—¿Usted…? —sollozó— ¿Usted fue el hombre que me salvó?

Las lágrimas cayeron por los ojos del anciano.
Y, con esfuerzo, cerró los ojos en señal de “sí”.

En ese momento sonó el teléfono.
Era Daniel.

—¿Todo está bien con mi padre? —preguntó con preocupación.

—Daniel… —lloró Lucía— ¿Por qué nunca me lo dijiste?
¡Tu padre fue quien me salvó la vida cuando era niña!

Silencio al otro lado.

—Entraste a su habitación… —susurró él.

—¡Vi las cicatrices! ¡Vi el tatuaje! ¿Por qué ocultaron esto?

Daniel suspiró profundamente.

—Porque eso fue decisión de mi padre…
Cuando te conoció, te reconoció de inmediato. Pero me pidió que jamás te lo dijera.
Dijo: “No quiero que me ame por gratitud. Quiero que te elija a ti por amor, no por deuda”.

Lucía cayó sentada al suelo, destrozada.

—Por eso nunca quiso que lo vieras así… quería que fueras libre de tu pasado.

Lucía colgó.

Se arrodilló junto a la cama y abrazó al anciano con ternura.

—Gracias por darme una segunda vida… no por deuda… sino por amor.

Por primera vez desde su derrame, Don Rafael sonrió levemente.

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