Que hay hombres que no saben escribir poemas, pero los levantan con ladrillos.
Y mujeres que aprenden que el brillo no está en el maquillaje, sino en mirar a quien da todo por ellas.
Camila cerró los ojos, apoyó la cabeza sobre el pecho de Marcos y, antes de dormirse, pensó:
“Tal vez no elegí al más divertido… pero elegí al que no se rinde.”
Y en silencio, sonrió.
Porque entendió que el amor verdadero no siempre llega con fuegos artificiales.
A veces llega con manos cansadas…
y la promesa cumplida de un futuro compartido.
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