Al llegar al portón, algo me pareció extraño. ¿Por qué había tantos autos de lujo estacionados afuera? ¿Por qué se escuchaba música fuerte y la voz de un maestro de ceremonias desde nuestro jardín?
Abrí la puerta con cuidado y caminé hacia la parte trasera de la casa.
Lo que vi hizo que mi mundo se detuviera.
Mi amplio jardín estaba lleno de flores, meseros y decenas de invitados elegantemente vestidos. En el centro habían montado un altar lujoso. Y ahí estaba Anton, vestido con un impecable esmoquin blanco, sosteniendo la mano de una mujer que reconocí al instante: Cindy, su secretaria, vestida de novia.
¡Estaban intercambiando votos! ¡Mi esposo se estaba casando con otra mujer en mi propia casa!
Entonces escuché la voz chillona de mi suegra por el micrófono:
—¡Qué bonita pareja hacen! Menos mal que la estorbosa de su esposa está en pleno vuelo. Ojalá y hasta se caiga el avión para que se muera de una vez. Así por fin nos quedamos con esta mansión.
Anton soltó una risa burlona antes de besar a Cindy frente a todos.
Sentí que me arrancaban el corazón. El hombre al que le di todo, que vivía gracias a mi fortuna, deseaba mi muerte para quedarse con mis bienes junto a su amante y su familia ambiciosa.
No lloré. El enojo me quemaba por dentro.
Solté mi pesada maleta en la terraza.
¡BAM!
El estruendo resonó por todo el jardín. Todos voltearon, incluyendo Anton y Cindy en el altar.
—Qué mala suerte, Anton —dije con voz helada mientras bajaba las escaleras—. Cancelaron mi vuelo. Y como puedes ver… sigo viva.
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