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Cantinflas salvó inocente de ejecución – 72 horas para probar verdad…

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El guardia tragó saliva. Nadie le hablaba así. Yo no puedo. Sí puedes. Ve y dile que Cantinflas quiere verlo, que es urgente, que es sobre un hombre inocente que está a punto de morir. El guardia se fue corriendo. 10 minutos después llegó el director, un hombre mayor con uniforme impecable, rostro severo. Cantinflas, es un honor, pero no puede director. Este hombre es inocente. Eso lo determinó un juez, un juez que ignoró evidencia, que descartó pruebas, que cerró el caso en tiempo récord.

No puedo hacer nada. La sentencia está firmada. La ejecución está programada. Cantinflas dio un paso adelante. ¿Usted tiene hijos, director? Sí, tres. ¿Y si uno de ellos fuera condenado injustamente? Si supieras en tu corazón que es inocente, pero nadie te creyera, ¿qué harías? El director no respondió inmediatamente. Sus ojos mostraron algo. Duda, conciencia. Pelearía hasta el último segundo. Exacto. Y eso es lo que le pido. Deme tiempo, deme acceso, déjeme investigar. Si en tres días no encuentro nada, la ejecución sigue.

Pero si encuentro algo, no vale la pena intentar. El director miró a José Luis, luego a Cantinflas. Suspiró. 72 horas. Acceso completo al expediente, a los testigos si aceptan hablar, a la escena del crimen si aún existe, pero Cantinflas, si no encuentra nada sólido, nada cambia. ¿Entendido? Pero lo que Cantinflas no sabía era que alguien muy poderoso no quería que este caso se reabriera, alguien que había estado involucrado en el juicio original y esa persona estaba a punto de hacer todo lo posible por detener la investigación.

Incluso si eso significaba amenazar la vida de Cantinflas mismo. 72 horas, tr días para deshacer 6 años de injusticia. Cantinflas y Ramón trabajaron sin parar. Dividieron las tareas. Ramón revisaría el expediente legal con Lupa. Buscaría errores procesales, pruebas ignoradas, testigos no interrogados. Cantinflas iría a la escena del crimen. Hablaría con vecinos. Buscaría cualquier cosa que la policía hubiera pasado por alto. Primera parada, la casa en Coyoacán, donde ocurrió el asesinato. Estaba abandonada. Nadie quería vivir ahí después de lo que pasó.

Cantinflas entró con el permiso del director de la prisión. La casa estaba polvorienta, abandonada, pero intacta. Caminó por las habitaciones. Imaginó la escena. Una familia asesinada brutalmente. ¿Por qué? Robo. Pero según el expediente solo se llevaron 200 pesos y un reloj. No tenía sentido. Una familia entera asesinada por 200 pesos. Había algo más, algo personal. Salió y tocó puertas de vecinos. La mayoría no quería hablar. 6 años después, la gente quería olvidar. Pero una señora mayor, doña Carmen, aceptó hablar.

Señor Cantinflas, yo conocía a los Ramírez. Buena familia, tranquilos, sin problemas. Recuerda la noche del asesinato. ¿Cómo olvidarla? Escuchamos gritos, pero pensamos que era una discusión familiar. Pasa mucho, ¿sabe? No queríamos meternos. ¿Vio a alguien salir de la casa? Sí, un hombre alto con chamarra negra corriendo. Cantinflas revisó sus notas. José Luis medía 1.65 m. Era bajito y según el expediente usaba camisa azul esa noche. ¿Le dijo esto a la policía? Claro que sí, pero el detective dijo que probablemente vi mal, que era de noche, que estaba oscuro.

¿Qué detective? Detective Armando Salazar. Cantinflas anotó el nombre. Algo sobre él sonaba familiar. Visitó a más vecinos. Tres más dijeron lo mismo. Vieron a un hombre alto con chamarra negra huyendo. Ninguno de esos testimonios estaba en el expediente. Regresó con Ramón. Encontré algo. Múltiples testigos vieron a alguien diferente, a José Luis, pero sus testimonios nunca llegaron al juicio. Yo también encontré algo, dijo Ramón. El detective a cargo del caso, Armando Salazar, fue despedido tres meses después del juicio por corrupción, por fabricar evidencia en otros casos.

Entonces, entonces es posible que fabricara evidencia. En este caso también tenían algo, no mucho, pero algo. Necesitaban más. Cantinflas tuvo una idea. Visitó la cantina donde José Luis dijo que estaba la noche del asesinato. El dueño, don Arturo, seguía ahí. ¿Se acuerda de José Luis Herrera? Claro. Venía seguido. Buen muchacho. ¿Recuerda la noche del 12 de agosto de 1961? Don Arturo pensó hace mucho tiempo. Por favor, es importante. Un hombre va a morir si no recordamos. Don Arturo cerró los ojos concentrándose.

Espere. 12 de agosto. Esa fue la noche del apagón. Se fue la luz en toda la colonia. José Luis estaba aquí jugando dominó. Recuerdo porque tuvimos que sacar velas. ¿A qué hora? de 8 a 11 de la noche. Sé por qué cerré temprano por el apagón. El asesinato ocurrió a las 9:30 pm. José Luis no pudo estar en dos lugares al mismo tiempo. ¿Por qué no testificó en el juicio? Nadie me llamó. Ni siquiera sabía que José Luis había sido arrestado hasta meses después.

Cantinflas tenía evidencia sólida. Ahora, testigos que contradecían la versión oficial. un detective corrupto, una cuartada verificable, pero necesitaba más. Necesitaba al verdadero asesino. Esa noche, revisando documentos, Ramón encontró algo. Mario, mira esto. El padre de la familia asesinada, el señor Ramírez, era contador. Trabajaba para una constructora grande. Y y tres semanas antes de su muerte presentó una denuncia interna. Decía que su jefe estaba desviando fondos. millones de pesos. ¿Quién era su jefe? Ramón mostró el nombre. Ingeniero Ricardo Montoya.

Cantinflas buscó el nombre. Era conocido, hombre poderoso, bien conectado. Y espera, Ricardo Montoya, su hermano es Sí, confirmó Ramón. Su hermano es Armando Salazar, el detective corrupto que manejó el caso. Todo encajó. El contador descubrió fraude. Iba a denunciar. Fue asesinado. El hermano detective fabricó evidencia para culpar al jardinero inocente. El caso perfecto. Cerrado rápido. Nadie sospechó. Hasta ahora tenemos que hablar con Montoya. ¿Estás loco? Si realmente es el asesino, nos matará. No, si vamos con protección y con evidencia.

Llamaron a un periodista amigo, Roberto Cruz. Le contaron todo. Si nos pasa algo, publica toda la historia, nombres, evidencia, todo. Roberto aceptó. Con esa protección visitaron a Ricardo Montoya. La confrontación con Montoya no fue lo que esperaban, porque cuando tocaron su puerta no los recibió un hombre arrogante y poderoso, los recibió un hombre destrozado, borracho, al borde del colapso. Y lo que confesó esa noche cambiaría todo, pero también los pondría en peligro mortal. Ricardo Montoya vivía en una mansión en Las Lomas, pero cuando abrió la puerta no parecía millonario, parecía fantasma.

Ojos rojos, barba de días, olor a alcohol. ¿Qué quieren? Señor Montoya, soy Cantinflas. Este es mi abogado. Queremos hablar sobre la familia Ramírez. Montoya palideció. No, no sé de qué hablan. Creo que sí y creo que ha vivido con esto por 6 años y está matándolo por dentro. Montoya comenzó a cerrar la puerta. Cantinflas la detuvo. José Luis Herrera va a morir en 36 horas, un hombre inocente. Y usted puede detenerlo, puede salvarlo, puede finalmente hacer lo correcto.

Montoya se quebró, comenzó a llorar. Pasen. La casa era un desastre. Botellas vacías, comida podrida, un hombre destruido por culpa. Se sentaron. Montoya sirvió whisky. Sus manos temblaban. Yo yo no los maté, quiero que lo sepan. No fui yo directamente. Entonces, ¿quién contraté? A alguien, un criminal, le pagué 10,000 pesos. Le dije que solo asustara a Ramírez, que recuperara los documentos que tenía sobre el fraude. Bebió. Lágrimas corrían. Pero ese hijo de los mató a todos, incluso al niño.

 

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