
Uno de los factores más importantes para reducir la flema es la hidratación. Beber suficiente agua a lo largo del día ayuda a diluir la mucosidad, facilitando su expulsión natural. Cuando el cuerpo está deshidratado, el moco se vuelve más denso y pegajoso, lo que empeora la molestia. Además del agua, las bebidas calientes como infusiones de manzanilla, jengibre o menta aportan un efecto calmante, ya que el calor relaja las vías respiratorias y ayuda a despejar la garganta.
La inhalación de vapor es otro recurso simple y muy efectivo. Respirar aire húmedo contribuye a hidratar las mucosas y a aflojar la flema acumulada. Esto puede lograrse con una ducha caliente o inhalando vapor de un recipiente con agua caliente. Muchas personas sienten alivio inmediato porque el vapor facilita que el moco se desprenda y se movilice, reduciendo la sensación de congestión.
La alimentación también cumple un rol clave. Algunos alimentos pueden favorecer la producción de moco, especialmente los productos ultraprocesados y el exceso de azúcar. En cambio, una dieta rica en frutas y verduras aporta vitaminas y antioxidantes que fortalecen el sistema inmunológico. Los alimentos con vitamina C ayudan a reducir la inflamación y a combatir infecciones leves que pueden estar detrás del exceso de flema. En ciertos casos, los alimentos picantes generan un efecto descongestivo temporal que facilita la limpieza de la garganta.
Un método clásico y accesible es hacer gárgaras con agua tibia y sal. Esta combinación ayuda a limpiar la garganta, reducir la irritación y arrastrar parte de la mucosidad. Realizadas varias veces al día, pueden aliviar notablemente la sensación de flema persistente, especialmente cuando hay irritación por carraspeo frecuente.
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