Con qué facilidad podría haber cedido el control porque estaba cansada, asustada y condicionada a mantener la paz.
Y entonces miro a mi hija, a salvo, durmiendo, tranquila, despatarrada de lado en su cama con su viejo conejito de peluche bajo el brazo y un osito de peluche nuevo, inocentemente vacío, en el estante.
Y sé que no me excedí.
Fui justo lo suficiente.
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