Me llevaron a una pequeña sala de interrogatorios y me dejaron solo unos minutos con mis pensamientos.
Cuando entró la detective, tenía más o menos mi edad, el pelo recogido, la expresión abierta pero concentrada.
Se presentó y me pidió que empezara desde el principio.
Le conté sobre el funeral. La sala. El testamento que leyeron. La exigencia de que me fuera.
Deslicé la carpeta sobre la mesa.
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