Durante cinco años enviamos dinero casi todos los meses. Yo mandaba cuarenta mil pesos. Mela entre veinticinco y cincuenta mil. Miggy también, siempre constante. Bonos, extras, todo lo que se podía. En mi mente, mamá vivía cómoda, con una casa decente, comida suficiente y sin preocupaciones. Eso creía.
Tomamos un taxi rumbo al oriente de la Ciudad de México. Hablábamos de planes y celebraciones. Comentamos los últimos envíos, los cumpleaños, la Navidad. Calculamos que en cinco años habíamos mandado más de tres millones de pesos. Mamá lo merecía por todo lo que había sacrificado por nosotros.
Pero algo empezó a sentirse mal. Las calles se hicieron más estrechas. Las casas eran de lámina y madera. Había niños jugando en el lodo. No se parecía en nada a la colonia que imaginábamos. El taxi se detuvo y al bajar sentimos el calor, el polvo y el olor a drenaje. Algo dentro de mí se apretó.
Pregunté a una anciana si ahí vivía Florencia Santillán. Al decir que éramos sus hijos, la mujer lloró y preguntó por qué habíamos tardado tanto. Nos dijo que nos preparáramos. Corrimos sin pensar.
La casa era un jacal a punto de caerse, sin puerta, solo una cortina vieja. Mela entró primero y gritó. Ahí estaba mamá, tirada sobre un petate, tan delgada que parecía solo piel y huesos. Cuando me reconoció, pensé que el corazón se me iba a romper.
No había comida. Solo una lata de sardinas. Mamá dijo que había comido pan el día anterior. Eran ya las dos de la tarde. Miggy temblaba de rabia. Yo no podía respirar con normalidad.
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