Me llamo Lucía Rojas, tengo treinta y un años y vivo en un piso pequeño de Valencia con mi hija Alma, de cuatro. Durante mucho tiempo me repetí que lo de Javier eran “rachas”: estrés, problemas en el trabajo, discusiones tontas que se iban de las manos. Lo decía en voz baja para no asustar a Alma y para no admitir lo obvio: en casa, yo caminaba como si el suelo tuviera cristales.
Aquella tarde todo empezó con una cosa mínima: la leche derramada sobre la mesa. Alma se quedó quieta, con los ojos muy abiertos. Yo fui por el paño, intentando que la escena terminara antes de empezar. Javier llegó del pasillo con el teléfono en la mano, miró el charco blanco y soltó una risa amarga. “Ni para esto sirves”, dijo. Me ardieron las mejillas, pero respondí con calma, como siempre: “Yo lo limpio”.
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