
Yo, que ya no tenía a nadie en el mundo, encontré en ella un motivo para seguir adelante.
Hace poco falleció. En el velorio, los familiares fingían lágrimas, pero sus miradas brillaban de pura avaricia.
Volví a casa destrozada… hasta que un golpe en la puerta lo cambió todo.
Dos policías estaban allí.
— “¿Usted es la cuidadora de Doña Marlene?”
Un escalofrío me recorrió la espalda.
— “Necesitamos que venga con nosotros.”
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