El dolor no llegó de golpe.
No fue un martillazo repentino ni una punzada clara que pudiera señalarse con el dedo.
Llegó como llegan las cosas malas de verdad: despacio, en silencio, sin aviso.
Primero fue una presión leve detrás del ojo izquierdo.
Luego una sensación de peso, como si alguien le colocara una piedra caliente dentro del cráneo.
Después, las noches sin dormir.
Los gemidos ahogados.
El sudor frío.
Hasta que el dolor dejó de ser dolor y se convirtió en presencia.
Doña Margarita Andrade lo describía así cuando aún tenía fuerzas para hablar:
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