Pero no lo hizo.
Porque Zoé no hablaba como una loca.
Hablaba como alguien que decía una verdad antigua.
Alejandro miró a su madre.
—Mamá… ¿me dejas intentar? —le preguntó, con la voz rota.
Doña Margarita abrió los ojos. En ellos había dolor… pero también una súplica muda.
Asintió.
Zoé pidió silencio. Cerró la puerta. Apagó una luz. El ambiente cambió, como si el aire se hubiera vuelto más denso.
Levantó las manos lentamente, como quien escucha algo que no suena.
—Aquí hay algo muy pesado… muy viejo —susurró—. Aquí… en la sien izquierda.
Alejandro sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué es eso?
—Algo que no le pertenece. Algo que alguien dejó para robarle la fuerza.
Zoé no tocó la cabeza. Sus dedos parecían presionar el vacío.
De pronto, Doña Margarita gritó.
No fue un grito de dolor.
Fue un grito de liberación.
Zoé cerró el puño con fuerza.
Y entonces, Alejandro vio lo imposible.
En la mano de Zoé apareció una pequeña esfera negra, del tamaño de un chícharo. Tan oscura que parecía absorber la luz de la habitación.
Pero lo más aterrador no fue lo que Zoé sacó de la cabeza de Doña Margarita…sino descubrir QUIÉN lo había puesto ahí.
Parte 2: la traición estaba dentro de la casa.

—Es un trabajo —dijo Zoé—. En mi tierra le dicen “la piedra del envidioso”.
Alejandro se quedó sin aire.
—¿Quién haría algo así?
Zoé negó lentamente.
—Alguien cercano.
Abrió la ventana y lanzó la esfera lejos, como si quemara.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.