Y por primera vez en una década...
Sonreí.
A la mañana siguiente preparé el desayuno como siempre.
Café sin azúcar.
Pan ligeramente tostado.
Zumo justo como a él le gustaba.
La rutina perdura incluso cuando el amor se desvanece.
Habló con seguridad.
"Deberíamos formalizar el reparto a partes iguales".
"Perfecto", respondí con calma.
Sin lágrimas.
Sin gritos.
Eso lo inquietó más que la ira.
Ese día, hice tres llamadas:
A un abogado.
A nuestro contable.
Al banco.
No sobre divorcio.
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