ADVERTISEMENT

Después del divorcio, salí a la calle sin nada más que un móvil con la pantalla agrietada y el viejo collar de mi madre: mi última oportunidad para pagar el alquiler. En la joyería, el tasador apenas le echó un vistazo… hasta que, de repente, se quedó paralizado. Sus manos se congelaron sobre el medallón. Se le fue el color de la cara. —¿De dónde ha sacado esto? —susurró, casi sin voz. —Es de mi madre —contesté. Él dio un paso atrás, como si el aire se hubiera vuelto pesado, y se atragantó al hablar: —Señorita… el maestro la ha estado buscando desde hace veinte años. Y en ese instante, la puerta trasera se abrió.

ADVERTISEMENT
ADVERTISEMENT

Esa mañana, el casero me dio un ultimátum: o pagaba el alquiler antes de las seis o cambiaba la cerradura. Mi exmarido se había llevado lo que consideró suyo y yo me quedé con un piso que ya no podía permitirme. Caminé por el centro de Sevilla intentando vender un portátil viejo, pero nadie lo quiso. Cuando miré el medallón, sentí un nudo en el estómago y aun así seguí andando: era venderlo o dormir en casa de una amiga con dos niños.

Entré en una joyería pequeña y antigua, con vitrinas llenas de relojes y anillos. Un timbre anunció mi entrada y el olor a metal pulido me devolvió recuerdos de cuando acompañaba a mi madre a mirar escaparates “solo por mirar”. Detrás del mostrador estaba un hombre mayor, de manos pulcras y mirada cansada. El letrero sobre su pecho decía “Don Julián”.

Le expliqué, sin dramatizar, que necesitaba vender una pieza familiar. Saqué el collar y lo puse sobre el terciopelo. Don Julián apenas lo miró al principio; hizo el gesto rutinario de quien ha visto miles de cadenas. Pero cuando giró el medallón y vio el grabado en la parte posterior —un escudo diminuto y tres letras entrelazadas— sus dedos se quedaron inmóviles.

Su cara perdió color. Tragó saliva como si se le hubiera secado la boca. “¿De dónde… de dónde ha sacado esto?”, susurró.

“Es de mi madre”, respondí. “Me lo dejó antes de morir.”

Él retrocedió un paso y dejó escapar un sonido ahogado. “Señorita… el maestro la ha estado buscando durante veinte años.” Señaló hacia el pasillo de atrás con una mano temblorosa.

Yo iba a pedirle una explicación cuando se oyó el chasquido de una cerradura. La  puerta trasera se abrió lentamente, y una voz grave, contenida, dijo: “Julián… ¿es ella?”

El hombre que salió por la puerta trasera no era ningún misterio sobrenatural, sino alguien acostumbrado a mandar. Traje gris impecable, pelo canoso hacia atrás y una mirada que, sin levantar la voz, imponía orden. Don Julián se irguió al instante.

—Señor Rafael —murmuró—. La señorita trajo el collar.

Rafael tomó el medallón y lo examinó con una lupa. Yo intenté recuperarlo, pero Don Julián me frenó con una mano torpe.

—No voy a quedármelo —dijo Rafael, sin apartar los ojos del grabado—. Solo necesito saber quién es usted. ¿Nombre?

—Lucía Romero —respondí—. Y venía a venderlo, nada más.

Rafael dejó el medallón sobre el terciopelo, como si fuera una pieza de evidencia.

—Estas letras y este escudo pertenecen a la Casa Llorente. Es una marca familiar. Y este medallón no se vendió nunca: se entregó a Ana María Ortega hace veinte años.

Me quedé helada. Mi madre se apellidaba Ortega antes de casarse con mi padre.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

Rafael habló despacio, midiendo cada palabra.

—En 2006, Ana María trabajaba en nuestra casa como costurera. Desapareció de un día para otro. Hubo rumores y tensiones que, por vergüenza, se taparon. Pero antes de irse dejó una nota: “Protejan a la niña”. Desde entonces se buscó a esa niña. Usted tiene el collar. Y su edad coincide.

Solté una risa corta, más para defenderme que por humor.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

ADVERTISEMENT
ADVERTISEMENT