Huyó a la sierra durante 30 años para dejar atrás su pasado,
pero el día que enterró a su madre, dos gemelas misteriosas aparecieron junto a la tumba y le susurraron un secreto que ni la muerte pudo silenciar.
La mañana en que recibí la noticia de que mi madre había muerto, estaba partiendo leña detrás de mi cabaña, en lo más alto de la Sierra Madre Occidental, a más de quince kilómetros del camino de terracería más cercano y a treinta años exactos de la vida que había dejado atrás.
La carta me la trajo don Samuel Rojas, un viejo arriero que subía dos veces al año para dejarme el correo que se acumulaba en la oficina postal de Real de Catorce, el pueblo del que me fui en 1995 y al que juré no volver.
El sobre llevaba el sello del Hospital General de Matehuala.
Decía, con palabras frías y correctas:
“Su madre falleció hace cuatro días. Los servicios funerarios están en espera de notificación familiar.”
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