La leí dos veces, de pie bajo el sol de la mañana, con astillas de madera pegadas a mi camisa de mezclilla y el sudor bajándome por la frente.
Mi madre. Margarita Villarreal.
Setenta y nueve años.
Treinta años sin hablarnos.
Intenté recordar su rostro y solo me vinieron pedazos:
sus manos amasando pan,
el olor a ruda y lavanda en los cajones,
su voz cantando alabanzas los domingos.
Y después… los silencios largos, las miradas esquivas, los secretos que nunca se decían y que, al final, me obligaron a huir.
—¿Malas noticias? —preguntó don Samuel, con cuidado.
—Mi mamá murió.
Las palabras no sonaron ni tristes ni liberadoras. Solo verdaderas.
Don Samuel asintió despacio. Me conocía desde que llegué a la sierra con los ojos llenos de miedo y el corazón hecho pedazos. Nunca me preguntó de qué huía. Tampoco lo hizo ahora.
—¿Vas a bajar al pueblo? —preguntó.
Miré las montañas que me habían protegido durante tres décadas. Ahí arriba había construido una vida dura, solitaria, pero honesta. Allá abajo estaba todo lo que había dejado atrás.
—Supongo que tengo que hacerlo —dije al fin.
Esa noche no pude escribir en mi cuaderno.
Durante treinta años había anotado el clima, las lluvias, los animales, las cosechas. Cosas simples, seguras.
Pero esa noche, la hoja en blanco me miraba como reproche.
Al día siguiente bajé por el sendero empinado hasta donde guardaba mi vieja camioneta, una Ford del 88 que don Samuel mantenía viva a punta de maña y paciencia. El camino hasta Real de Catorce me tomó casi dos horas. El pueblo se veía más pequeño, más cansado. Las minas cerradas, las casas viejas, la gente resignada.
En la funeraria San José, el encargado, don Julián Herrera, me recibió con una amabilidad triste.
Todo estaba pagado desde hacía años:
ataúd sencillo,
entierro directo en la parcela familiar del panteón,
sin velorio, sin flores.
—¿Desea avisar a alguien más? —preguntó.
—No —respondí—. No hay nadie más.
Esa noche dormí en un hotel barato que olía a cloro y a humo viejo. Soñé con mi madre parada al borde del monte, llamándome. Cuando me acerqué, se dio la vuelta y desapareció entre los árboles. Yo gritaba, pero no salía ningún sonido.
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