Al amanecer fui al panteón municipal.
Estaba en una loma, con cruces viejas y tumbas gastadas por el sol. Bajo un mezquite antiguo estaba la fosa familiar. Don Julián dijo unas palabras rápidas. Nadie más asistió.
El ataúd bajó.
La primera palada de tierra sonó hueca.
Y entonces las vi.
Dos niñas idénticas, como espejos, de unos trece años, paradas en el límite del panteón, donde terminaba la hierba y empezaba el monte. Llevaban ropa grande, sucia, y estaban quietas como si no fueran de este mundo. Me miraban con unos ojos oscuros, profundos, viejos. …

Don Julián se fue.
Yo me quedé junto a la tumba.
Las niñas comenzaron a caminar hacia mí, despacio, al mismo ritmo. Delgadas, cansadas, con una tristeza que no era propia de su edad. Se detuvieron a unos pasos.
—Nos dijeron que esperáramos aquí a la mujer de la sierra —susurró la que parecía un poco más alta—. Dijeron que vendría a enterrar a su mamá.
—¿Quién les dijo eso? —pregunté.
—Una mujer… antes de que ya no pudiera hablar.
—¿Cómo se llaman?
—Somos las gemelas.
—¿Y sus papás?
—Ya murieron. Nuestra mamá se llamaba Estela Villarreal.
Villarreal.
El mismo apellido.
Recordé entonces a Violeta, la hermana menor de mi madre, la que se fue a los diecinueve años y de la que nunca más se volvió a hablar.
—¿Y qué les dijo su mamá sobre mí?
La gemela que no había hablado levantó la vista y dijo, en un hilo de voz:
—Que le dijéramos que el cenzontle nunca olvidó su canto.
Sentí que las piernas me fallaban y me apoyé en la lápida de mi madre.
Esa frase era solo nuestra.
De cuando yo era niña.
Nadie más la conocía.
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