Dos horas después de enterrar a mi hija Lucía, embarazada de ocho meses, el móvil vibró en mi bolso como si no tuviera derecho a sonar aquel día. Yo seguía con las manos manchadas de tierra, el abrigo aún olía a incienso y a flores húmedas. Al ver un número del hospital, pensé que sería el típico trámite: certificados, documentos, burocracia para rematar la desgracia. Contesté con la voz rota.
—Señora Valeria… soy el doctor Mateo Ríos —susurró—. Necesita venir a mi consulta ahora. Y, por favor… no se lo diga a nadie. Especialmente a su yerno.
Me quedé helada. Javier, el marido de Lucía, había permanecido impecable en el entierro: traje negro, pañuelo blanco, palabras medidas. “Era el amor de mi vida”, repetía, sin una lágrima que desordenara el maquillaje del duelo.
—¿Qué está pasando? —logré decir.
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