Había actuado pensando únicamente en mi bienestar y mi futuro. Mientras esperaba el autobús de regreso, reflexioné sobre mi vida. Recordé cuando tenía 20 años y trabajaba en la fábrica textil. Era una mujer joven, llena de sueños, con un novio que me prometía el mundo. Francisco era guapo, trabajador, me hacía reír. Cuando me propuso matrimonio, pensé que había encontrado mi felicidad para siempre. Los primeros años fueron buenos. Francisco trabajaba en una empresa de construcción. Yo seguía en la fábrica.
Juntamos dinero para comprar esta casa. Planeamos nuestro futuro. Soñamos con los hijos que tendríamos. Cuando Carmen nació, me sentí la mujer más feliz del mundo. Era una bebé hermosa, tranquila, que dormía bien y comía bien. Francisco la adoraba, la cargaba durante horas, le cantaba canciones. Pero algo cambió cuando Carmen cumplió 2 años. Francisco empezó a llegar tarde del trabajo, a veces con olor a alcohol. Decía que tenía muchas presiones, que el trabajo estaba difícil, que necesitaba relajarse con los compañeros.
Yo lo creía, lo consolaba, le preparaba sus comidas favoritas, trataba de hacer que nuestra casa fuera su refugio. Una noche llegó borracho y muy alterado. Me gritó que se sentía atrapado, que éramos una carga para él, que no había firmado para estar encerrado toda la vida. Carmen estaba llorando en su cuarto por los gritos y yo traté de calmarlo. Le dije que podíamos hablar al día siguiente cuando estuviera más tranquilo. Al día siguiente, Francisco se levantó muy temprano, antes de que Carmen y yo despertáramos.
Cuando bajé a preparar el desayuno, encontré una nota en la mesa de la cocina. Esperanza. Necesito tiempo para pensar. No sé cuándo vuelvo. Cuida bien a Carmen, Francisco. Esperé una semana, después dos, después un mes. Nunca regresó, nunca llamó, nunca mandó dinero, simplemente desapareció de nuestras vidas como si nunca hubiera existido. Dejó algunas deudas que yo tuve que pagar y recuerdos amargos que tardé años en superar. De pronto me convertí en madre soltera a los 23 años con una niña pequeña y una casa que todavía estaba pagando, pero no me dejé vencer.
Conseguí un segundo trabajo limpiando oficinas por las noches. Los fines de semana cosía ropa para vender. Cada peso que ganaba lo invertía en Carmen o en la casa. Carmen era una niña muy inteligente, pero también muy demandante. Quería lo mismo que tenían sus compañeras de clase. Zapatos bonitos, útiles de marca, fiestas de cumpleaños elaboradas. Yo me sacrificaba para dárselo todo. Trabajaba turnos dobles, me saltaba comidas para que ella pudiera comer mejor. Me ponía la misma ropa durante años para poder comprarle ropa nueva.
Cuando Carmen cumplió 15 años, organicé una fiesta que me costó el equivalente a 3 meses de mi sueldo. Renté un salón, contraté música, mandé hacer un vestido hermoso. Ella se veía como una princesa esa noche y yo me sentía la madre más orgullosa del mundo. Todos sus amigos comentaban, “Qué fiesta tan elegante, qué vestido tan bonito, qué afortunada era Carmen. Pero al día siguiente, mientras recogíamos los regalos, Carmen me dijo algo que me dolió profundamente. Mamá, ojalá hubiera tenido un papá para mi fiesta.
Todas mis amigas bailaron el bals con su papá y yo tuve que bailar contigo. Se sintió raro. Traté de explicarle que había hecho lo mejor que pude, que su papá había tomado la decisión de irse, que no era culpa de ninguna de las dos, pero ella siguió insistiendo en que nuestra familia estaba incompleta, que le daba pena explicarle a la gente por qué no tenía papá. Esos comentarios me motivaron a trabajar aún más duro. Quería compensar la ausencia de Francisco, siendo la mejor madre posible.
Pagué por clases particulares de inglés para Carmen, cursos de computación, todo lo que pudiera darle ventajas en la vida. Cuando llegó el momento de la universidad, ella quería estudiar administración en una escuela privada muy cara. “Mamá”, me dijo, “tas mis amigas van a ir a universidades buenas. No quiero quedarme atrás.” Revisé mis ahorros y me di cuenta de que tendría que trabajar turnos extras durante 4 años para pagar su educación, pero lo hice sin quejarme. Conseguí un tercer trabajo los fines de semana vendiendo productos de belleza de puerta en puerta.
Durante esos 4 años universitarios casi no tuve vida propia. Me levantaba a las 5 de la mañana, trabajaba en la fábrica hasta las 2 de la tarde, llegaba a casa a hacer la comida y los quehaceres. Salía a limpiar oficinas de 6 a 10 de la noche y los sábados y domingos vendía cosméticos caminando por las colonias. Carmen, mientras tanto, vivía como una estudiante típica. Iba a fiestas, salía con amigas, tenía noviecitos, se compraba ropa con el dinero que yo le daba para sus gastos.
Nunca se ofreció a trabajar medio tiempo para ayudar con sus gastos. Nunca consideró estudiar en una universidad pública más barata. Nunca se preguntó cómo yo conseguía el dinero para mantener su estilo de vida. Cuando se graduó, organizamos otra fiesta, más pequeña que la de 15 años, pero igual de cara proporcionalmente. Carmen invitó a todos sus compañeros de universidad, a algunos maestros, a las familias de sus amigas. Yo trabajé durante semanas preparando toda la comida, decorando la casa, asegurándome de que todo fuera perfecto.
En su discurso de agradecimiento esa noche, Carmen habló de sus logros, de sus planes futuros, de lo orgullosa que estaba de haberse graduado. Agradeció a algunos maestros, a sus amigos, a su novio de ese momento. Al final, casi como si se le hubiera olvidado, agregó, “Y gracias a mi mamá, que me apoyó durante la carrera. me apoyó como si hubiera sido algo pequeño, algo casual, como si no hubiera sacrificado mi salud, mis relaciones, mi tiempo libre, mis propios sueños para hacer posible ese momento.
Pero me callé, sonreí y seguí sirviendo a los invitados. Poco después de graduarse, Carmen empezó a trabajar en la tienda de ropa donde sigue hasta ahora. También empezó a salir más en serio con Alejandro, un contador joven que había conocido en la universidad. Alejandro venía mucho a la casa, cenaba con nosotras, se quedaba a ver películas, era educado conmigo, pero siempre noté cierta distancia, como si yo fuera la suegra que hay que tolerar. Cuando Carmen me anunció que se iba a casar, me dio mucha alegría, pero también mucho miedo.
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