En la ecografía de las doce semanas, mi vida se partió en dos. Me llamo Claudia Morales, tenía treinta y dos años y llevaba cinco casada con Javier Ríos, un hombre que todos consideraban correcto, tranquilo y trabajador. Entré al consultorio con la ilusión típica: escuchar el latido, ver la silueta borrosa de mi bebé, salir con una foto para enviar a la familia. Nada más. Pero desde el primer segundo supe que algo no estaba bien.
La doctora Elena Vargas apoyó el transductor sobre mi vientre y, de pronto, dejó de hablar. Su mano empezó a temblar. Pensé que era una mala señal médica, que algo le pasaba al bebé. Intenté levantar la cabeza para ver la pantalla, pero ella la apagó de inmediato. Se apartó un paso, respiró hondo y me pidió que me sentara. Su rostro estaba pálido.
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