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Durante seis años, entró al mismo banco y preguntó lo mismo. Nadie la escuchó. Nadie la tomó en serio. Hasta el día en que volvió acompañada… y la cuenta que “no existía” cambió el destino de todos

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—¿Nombre del titular? —preguntaba alguien sin mirarla.

—Daniel Ortiz Ramírez —respondía ella, clara, sin titubeos.

Teclado. Pausa. Ceño fruncido.

—No existe ninguna cuenta con ese nombre, señora.

Ella asentía.
Como si ya lo supiera.

—¿Podría revisar de nuevo? Fue abierta en marzo, hace seis años. Sucursal Toluca Centro. Número parcial… termina en 48.

Algunos reían por lo bajo.
Otros rodaban los ojos.

—Mire, señora —le dijeron más de una vez—. Aquí no hay nada. Tal vez su hijo tenía cuenta en otro banco.

Ella cerraba la carpeta, despacio.

—Gracias. El próximo mes regreso.

Y regresaba.

La gente empezó a llamarla la loca del banco.
Los guardias ya sabían su cara.
Un par de veces intentaron impedirle el paso.

—No puede estar molestando al personal —le dijo uno, joven, incómodo—. Ya se le explicó.

Ella lo miró sin enojo.

—No estoy molestando. Estoy preguntando por el dinero de mi hijo.

Eso lo desarmó.

La dejaron pasar.

Doña Elena Ortiz vivía en una casa de lámina en San Mateo Oxtotitlán.
Lavaba ropa ajena tres veces por semana.
Cocinaba frijoles, arroz y, si había suerte, un poco de pollo los domingos.

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