Daniel había sido su único hijo.
Ingeniero en sistemas.
Callado. Observador.
De esos que escuchan más de lo que hablan.
Seis años atrás, Daniel había muerto en un supuesto asalto.
Un disparo.
Caso cerrado rápido.
Demasiado rápido.
Antes de morir, le dejó una frase que Doña Elena no había entendido del todo.
—Si algún día me pasa algo… ve al banco. Pregunta por la cuenta. No te vayas aunque te digan que no existe.
Ella no entendía de bancos.
Pero entendía de promesas.
Así que iba.
Cada mes.
Hasta que un martes, algo cambió.
El nuevo gerente de sucursal, Mauricio Beltrán, la vio desde su oficina.
La reconoció al instante.
—¿Otra vez esa señora? —preguntó, molesto—. ¿Quién la dejó pasar?
—Dice que busca una cuenta —respondió la ejecutiva—. Siempre viene.
Mauricio frunció el ceño.
—Pásame el nombre.
Daniel Ortiz Ramírez.
Cuando lo escribió en el sistema interno —no el visible para los cajeros, sino el de uso gerencial—, el color de la pantalla cambió.
Alerta roja.
Cuenta bloqueada por auditoría interna.
Prohibido informar al público.
Mauricio tragó saliva.
Esa cuenta no debía mencionarse.
Jamás.
—¿Quién autorizó que esa mujer siguiera entrando? —susurró.
Nadie respondió.
Ordenó algo simple:
—La próxima vez, no la dejen pasar.
Pero la próxima vez no llegó sola.
Llegó con un hombre de traje oscuro, una mujer con portafolio de cuero y una carpeta negra sellada.
—Buenos días —dijo Doña Elena, tranquila—. Hoy vengo acompañada.
Mauricio sintió cómo el aire se volvía pesado.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó, tenso.
—Licenciada Verónica Salgado, fiscalía anticorrupción —respondió la mujer—. Y él es el licenciado Raúl Mendoza, abogado.
Doña Elena abrió su carpeta azul.
—Ahora sí —dijo—. Preguntemos bien.
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