Nadie me escuchó.
Nadie me tomó en serio.
Hasta el día en que volví acompañada…
y la cuenta que “no existía” cambió el destino de todos.
Hoy casi nadie recuerda cuándo empecé a ir.
Para ellos fui solo una mujer más, una sombra repetida en el vestíbulo.
Pero yo sí lo recuerdo.
Lo recuerdo porque cada visita tenía un peso distinto.
Porque cada vez que cruzaba esa puerta de vidrio, sentía que caminaba no solo hacia un banco, sino hacia la memoria de mi hijo.
Cada primer lunes del mes, a las nueve en punto de la mañana, me plantaba frente a la sucursal del Banco Nacional del Centro, en Toluca.
Ni un minuto antes.
Ni un minuto después.
No llevaba bolso.
Nunca lo necesité.
Solo cargaba mi carpeta azul.
Vieja.
Desgastada.
Con las esquinas dobladas por el tiempo y por las manos.
Dentro no había dinero.
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