Había papeles, copias, notas.
Y había una promesa.
—Buenos días —decía siempre, con esta voz cansada que ya no intento ocultar—. Vengo a preguntar por la cuenta de mi hijo.
Al principio me atendían por educación.
Me sonreían.
Asentían con la cabeza.
Luego fue rutina.
Ya no sonreían, pero preguntaban.
Al final… fue fastidio.
Suspiros.
Miradas al reloj.
Teclas golpeadas con impaciencia.
—¿Nombre del titular? —preguntaban sin mirarme, con los ojos clavados en la pantalla.
—Daniel Ortiz Ramírez —respondía yo, siempre igual, siempre firme.
Tecleaban.
Esperaban.
Fruncían el ceño.
—No existe ninguna cuenta con ese nombre, señora.
Yo asentía.
Como si ya lo supiera.
Como si no fuera la respuesta que había escuchado durante siete años.
—¿Podría revisar de nuevo? —pedía—. Fue abierta en marzo, hace siete años. Aquí, en Toluca Centro. El número parcial… termina en 48.
Algunos se reían por lo bajo.
Otros rodaban los ojos sin pudor.
—Mire, señora —me decían—, aquí no hay nada. Tal vez su hijo tenía cuenta en otro banco.
Yo cerraba la carpeta.
Despacio.
Con cuidado, como si cerrara algo vivo.
—Gracias —respondía—. El próximo mes regreso.
Y regresaba.
Empezaron a llamarme la loca del banco.
Lo supe porque las palabras se sienten aunque no se digan de frente.
Los guardias ya conocían mi paso lento, mi ropa sencilla, mi manera de esperar en silencio.
Un par de veces intentaron detenerme.
—No puede estar molestando al personal —me dijo uno, joven, incómodo—. Ya se le explicó.
Lo miré a los ojos.
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