El bebé del millonario lloraba cada vez que lo tocaban… hasta que el médico vio algo que casi hizo caer de rodillas al padre millonario.

El grito no era un llanto de bebé. Era una nota sostenida, desgarradora, que rebotaba en los muros fríos de mármol y subía hasta las bóvedas de la mansión como si alguien estuviera arañando el aire con uñas de vidrio. En el centro de aquella opulencia —cuna de caoba, mantas bordadas, aire purificado, cámaras en cada esquina— estaba Gael Valenzuela, diez meses de vida y una fortuna que, en papeles, ya rozaba los doscientos millones de dólares. En la realidad, no podía comprarle ni un minuto de paz.

Apenas la tela rozaba su piel, Gael se arqueaba como un hilo tenso y el grito volvía, metálico, desesperado. La madre, Mariana Salgado de Valenzuela, llevaba siete semanas sin dormir más de una hora seguida. Su ropa de diseñador no alcanzaba a tapar las ojeras moradas ni el temblor en las manos. El padre, Héctor Valenzuela, un hombre de negocios que calculaba riesgos como quien respira, apretaba la mandíbula con un tic nuevo. Habían traído médicos de Houston, de Boston, de Zúrich. Habían pagado estudios genéticos, resonancias, paneles alérgicos, consultas que costaban más que una casa en Pachuca.

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