Todos, al final, decían lo mismo: clínicamente está perfecto.
—Es la última —murmuró Héctor, sin mirar a su esposa, con la voz baja de quien ya no suplica, sino que amenaza al universo—. Si esta doctora no encuentra nada… nos vamos. A donde sea.
Afuera, tras los portones de hierro que parecían custodiar un castillo, se escuchó un motor viejo subiendo la rampa con esfuerzo. No era una camioneta blindada ni un sedán europeo; era un Tsuru blanco de esos que todavía sobreviven por terquedad. Se detuvo con un chirrido y, de él, bajó una mujer de bata gastada, zapatos cómodos y mirada despierta.
La doctora Elena Cruz no parecía encajar con nada de aquello. Venía de turno nocturno en el hospital general, de esos donde falta de todo menos ganas. Le habían hablado de un bebé “imposible”, de un llanto que no cedía ni con sedantes, de una familia poderosa que ya no sabía a quién pagarle.
El mayordomo la condujo por pasillos que olían a limpieza estéril y a dinero antiguo. Héctor la recibió sentado, sin levantarse.
—¿Usted es la doctora que “observa” cosas que otros no ven? —dijo, con una sonrisa afilada—. Honestamente, preferiría un chamán, pero el tiempo se acaba.
Elena no mordió el anzuelo. Había aprendido que la arrogancia es, muchas veces, miedo disfrazado.
—Soy pediatra, señor Valenzuela. Y si ya falló la tecnología, lo único que queda es mirar con calma.
Mariana se acercó con los ojos brillantes, rotos de cansancio.
—Grita como si le arrancaran la piel… pero no tiene nada. Nada. Y yo… yo ya no sé qué hacer.
—Cuénteme como si no existieran expedientes —pidió Elena, sacando una libreta vieja de espiral—. ¿Cuándo empezó? ¿Qué cambió en su vida diaria?
Héctor exhaló con impaciencia.
—Hace dos meses. Al principio era irritable. Luego… esto.
—¿Algún objeto nuevo? ¿Ropa distinta? ¿Alguien nuevo en su rutina? —insistió Elena.
Mariana negó.
—Todo es orgánico, hipoalergénico, sin fragancias. Compramos ropa de cama nueva. Cambiamos detergentes. Compramos otra cuna. Nada.
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