Elena asintió sin discutir. A veces “nada” significaba “algo tan normal que dejamos de verlo”.
Cuando entró al cuarto de Gael, el sonido la golpeó primero. El bebé se retorcía en su cuna, pálido, delgado para su edad, con los puños apretados y la cara contorsionada por un dolor que no sabía explicar. Mariana, con voz apagada, confesó:
—Le dimos un sedante suave… recomendado por un especialista. No hizo nada.
Elena se acercó despacio, como si el aire alrededor del bebé fuera frágil. El olor era limpio, casi sin vida… pero, debajo, había un matiz extraño: un toque metálico, como de moneda vieja.
—No lo toque —ordenó Héctor desde la puerta, duro—. Si lo tocamos, empeora.
—No voy a tocarlo —dijo Elena—. Solo voy a mirar.
Observó piernas, brazos, abdomen. Todo “normal”. Y entonces, cuando Gael se arqueó hacia atrás en un espasmo de llanto, Elena vio algo mínimo: un abultamiento sutil en la parte baja de la espalda, justo donde el pañal abrazaba la cintura. No parecía un quiste, ni un tumor, ni una inflamación típica. Era… geométrico. Como si algo rígido empujara desde adentro.
El corazón le dio un golpe.
—Mariana… gírelo muy lento, por favor. No con fuerza. Solo para ver esa zona.
Mariana, temblando, lo giró. Gael gritó más fuerte, pero Elena ya no escuchaba el eco del mármol: estaba concentrada en ese pequeño relieve. Acercó la vista sin tocar… y notó una manchita café, diminuta, casi invisible, en el centro del bulto. Como una marca de entrada.
Elena tragó saliva.
—Esto no parece una enfermedad —murmuró—. Parece… otra cosa.
Héctor dio un paso al frente.
—¿Qué quiere decir “otra cosa”?
Elena levantó la mirada, seria.
—Quiero una lista. Ahora. De todas las personas que han vestido, bañado o cargado a Gael en las últimas diez semanas. Todas.
Mariana se quedó helada, y luego reaccionó con la defensa automática de la gente que se cree inmune al horror.
—Doctora, aquí no entra cualquiera. Tenemos enfermeras. Personal con credenciales. Todo está controlado.
—El control también puede ser una cortina —respondió Elena, sin elevar la voz—. Y ese bulto… no apareció por magia.
En ese momento, como si el destino quisiera empujar la verdad, Elena tomó un pijama doblado sobre el cambiador. Era hermoso, sí, pero inusualmente acolchado en la espalda, justo en la zona del bulto.
—¿Por qué su ropa es tan gruesa ahí? —preguntó.
Mariana dudó.
—Nos dijeron que su piel era hipersensible. Mandamos hacer pijamas especiales… para que nada lo irritara.
Elena pasó los dedos por el relleno, concentrada.
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