
Eran las 4:47 de la madrugada cuando Ernesto Villarreal vio las luces en el retrovisor. Tres camionetas acercándose rápido por la carretera federal hacia Guadalajara. Sus manos no temblaron en el volante del autobús. Tampoco despertó a los 62 peregrinos que dormían en los asientos detrás de él. Ancianas con rosarios, familias completas, niños envueltos en cobijas, porque Ernesto ya sabía que vendrían.
De hecho, llevaba tres días esperándolos y lo que el CJNG estaba por descubrir esa madrugada cambiaría para siempre la forma en que operaban en esa ruta. Déjame contarte algo que nadie más sabe. 5co días antes de esa madrugada, Ernesto había recibido una llamada. Número desconocido. Voz distorsionada. El mensaje fue directo.
El autobús que sale el viernes a las 3 a. hacia la basílica. Va a tener problemas en el kilómetro 47. Dile a tu jefe que busque otro chóer o mejor aún, cancelen el viaje. Clic. Ernesto miró el teléfono durante cinco minutos completos. Luego hizo algo que nadie esperaría. Sonríó. Una sonrisa pequeña, cansada, como quien acaba de confirmar algo que ya sospechaba.
Porque verás, Ernesto Villarreal no era un chóer cualquiera. Tenía 63 años, 42 de ellos manejando esa misma ruta, la ruta de los peregrinos. Guadalajara, Basílica de Zapopan, San Juan de los Lagos. 12 horas de camino, cada fin de semana, cada festividad, cada promesa de fe que alguien necesitara cumplir. Y en 42 años había visto de todo.
Pero lo que Ernesto hizo después de esa llamada fue algo que ni siquiera su esposa supo, algo que prepararía el escenario para lo que estaba por venir en esa carretera oscura. Durante tres días, Ernesto no dijo nada. ni a su jefe, ni a las autoridades, ni siquiera a su familia. En cambio, hizo algo diferente. El martes visitó a don Jacinto, el mecánico del pueblo.
Le pidió que revisara cada tornillo, cada manguera, cada cable del autobús. “Quiero que este viaje sea perfecto”, dijo don Jacinto, que conocía a Ernesto desde hacía 30 años, notó algo raro en sus ojos, pero no preguntó. El miércoles, Ernesto pasó por la iglesia del pueblo, se sentó en la última banca, rezó durante dos horas. El padre Damián lo vio y se preocupó.
Todo bien, Ernesto. Todo bien, padre, solo preparándome. El jueves, Ernesto llamó a cada uno de los 62 pasajeros registrados para el viaje. Uno por uno. ¿Está seguro de que quiere ir? Su familia sabe, lleva sus medicinas. Preguntas que nunca antes había hecho con tanta insistencia. Doña Lupita, de 84 años, que iba a cumplir una promesa por la salud de su nieto, le dijo, “Mi hijo, llevo esperando este viaje 6 meses.
Aunque el mundo se acabe, yo voy.” Y el viernes a las 2:45 a, cuando todos subieron al autobús con sus mochilas, sus termos de café, sus rosarios y sus esperanzas, Ernesto cerró las puertas, ajustó el espejo retrovisor, encendió el motor y arrancó hacia la noche, sabiendo exactamente lo que vendría, porque lo que nadie sabía, ni siquiera los que venían a detenerlo, era que Ernesto Villarreal había manejado esa ruta durante la época más oscura de México y había aprendido lecciones que ninguna academia
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