El milagro de verdad es cuando alguien que estaba perdido se encuentra. Cuando alguien que había olvidado quién era, lo recuerda. Ernesto asintió. Tal vez tenga razón, doña Lupita. No es tal vez mijo, es seguro, porque yo he visto milagros en este autobús y el más grande de todos fue el que pasó hace 7 años en el kilómetro 47.
El día que usted le recordó a un hombre perdido que su abuela todavía creía en él. Ernesto no preguntó cómo sabía porque en 49 años de manejar esa ruta había aprendido que en los pueblos pequeños los secretos no existen. Existen solo las historias. Y las historias se cuentan, se pasan, se recuerdan y a veces cambian vidas.
Hoy ese autobús ya no existe. Se retiró. está en un pequeño museo del pueblo con una placa que dice, “En memoria de Ernesto Villarreal, chóer de fe, guardián de esperanzas.” Pero la ruta continúa. Otros chóeres la manejan ahora, otros peregrinos la recorren. Y cada vez que pasan por el kilómetro 47 hay una tradición.
El chóer toca el claxon tres veces, los peregrinos se persignan y todos guardan un minuto de silencio. Por el chóer que no tuvo miedo, por el líder que recordó quién era, por la abuela que sembró fe. Porque a veces en una carretera oscura, en medio de la nada, con todo en contra, la fe hace milagros y los milagros a veces tienen forma de un viejo autobús azul, un termo de café con canela y un cuaderno lleno de nombres de gente que nunca dejó de creer. R.
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