Nathan comenzó a cortejar a Emily. Al principio, ella se negó.
—Señor, usted viene del cielo y yo vengo del suelo. Y además… tengo muchas responsabilidades —dijo, con la cabeza baja.
Pero Nathan insistió, demostrándole que estaba listo para aceptarlo todo. Al final, se convirtieron en pareja.
Aquello se volvió un gran escándalo. La madre de Nathan, la señora Margaret Carter, estalló:
—¡Nathan! ¿Has perdido la cabeza? ¡Es una criada… y tiene tres hijos de hombres diferentes! ¿Vas a convertir nuestra mansión en un orfanato? —gritó.
Sus amigos se burlaban de él: —Hermano, ¡papá instantáneo de tres! ¡Suerte con los gastos!
Pero Nathan se mantuvo firme junto a Emily. Se casaron en una ceremonia sencilla. En el altar, Emily lloró.
—Señor… Nathan… ¿estás seguro? Podrías arrepentirte de esto.
—Nunca me arrepentiré, Emily. Te amo a ti y a tus hijos —respondió Nathan.
Luego llegó la noche de bodas: su luna de miel.
Estaban en la habitación principal. Silencio. Emily estaba nerviosa. Nathan se acercó a su esposa con suavidad. Estaba listo para aceptar todo de ella: las cicatrices del ayer, las estrías del embarazo, cualquier señal de maternidad. Para él, eran símbolos de sacrificio.
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