El día de mi boda, mientras el cuarteto afinaba y el juez revisaba los papeles, yo no podía apartar la vista de diez sillas vacías del lado de la novia. Diez huecos alineados, tan pulcros como una sentencia. Había reservado ese espacio para mi madre, mi padre, mis dos tías, mis primos… incluso para mi abuela, aunque ya apenas salía de casa. Nadie llegó. Solo estaba mi amiga Irene apretándome la mano y Diego, mi prometido, intentando sonreír para que yo no me derrumbara.
A las once y veinte sonó mi móvil. El nombre “Mamá” apareció en la pantalla como un golpe. Me aparté detrás del arco de flores y contesté. “Lucía, eres una vergüenza”, escupió sin respirar. “Te casas con ese chico para humillarnos. No nos llames nunca más.” Sentí que la garganta se me cerraba. Quise explicarle que Diego era un hombre honrado, que nos queríamos, que yo no le debía mi vida a los apellidos Márquez. No me dejó. “Tu padre está aquí. Quiere decirte algo.” Hubo un silencio y luego la voz de mi padre, más fría que el mármol: “Eres una deshonra para esta familia.”
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