El día de mi boda amaneció luminoso, pero en casa de mis padres el aire era denso como una tormenta a punto de estallar. Me llamo María Belén Álvarez, y ese sábado debía casarme con Javier Morales, el hombre con quien había construido, paso a paso, una vida honesta. Sin embargo, apenas terminé de maquillarme, mi padre cerró la puerta principal con llave. El sonido metálico me heló la sangre. Mi madre, Carmen, empezó a temblar mientras gritaba: “¡Si sales por esa puerta, traicionas a esta familia!”. Golpeé la madera con los puños hasta sentirlos arder, implorando que entrara en razón. Afuera, el reloj de la sala marcaba los minutos que devoraban mis votos.
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