El sol de la tarde caía con un calor que acariciaba la tierra roja y seca del camino que bordeaba la pequeña propiedad de Gabriela. Cada partícula de polvo brillaba en la luz dorada mientras Rodrigo cabalgaba lentamente junto a Valentina, su prometida, cuya presencia parecía llenar el mundo con un aire de perfección calculada. Valentina era hermosa, tan hermosa que su sola presencia parecía alterar el ritmo del viento: cabello largo y oscuro que caía con gracia sobre sus hombros, ojos color avellana que reflejaban ambición y una inteligencia afilada, piel tersa como porcelana y un porte elegante que hacía que cualquiera se sintiera diminuto a su lado. Pero Rodrigo, aunque fascinado por ella, sentía un vacío silencioso, un hueco que ni la riqueza, ni la seguridad, ni la belleza de Valentina podían llenar.
Y entonces lo vio. Gabriela. Caminando hacia el granero, cargando brazadas de leña, con su vientre redondeado y avanzado por ocho meses de embarazo. La luz del sol iluminaba cada mechón de cabello suelto, cada línea de esfuerzo en sus brazos, cada movimiento firme de sus piernas. Su vestido sencillo se pegaba a su piel por el trabajo, y su rostro mostraba concentración, determinación y una fuerza silenciosa que Rodrigo nunca había valorado lo suficiente. Su corazón se detuvo. Todo alrededor desapareció. Ese niño… ese hijo que él nunca supo que existía… era suyo.
Los recuerdos lo invadieron. Los primeros años de matrimonio, jóvenes e ilusionados. Rodrigo con 26 años, Gabriela con 23. La propiedad que ella heredó no era solo tierra, era un hogar: huertos de frutas que olían a madurez y dulzura, árboles que daban sombra en los días cálidos, campos de cultivo que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, y una casa modesta pero acogedora donde cada amanecer era un ritual, cada tarde un susurro de paz. Gabriela amaba cada piedra, cada árbol, cada rincón. Cada día se levantaba con el sol, con la tierra bajo sus dedos y el canto de los pájaros como despertador. Para ella, la felicidad era tangible, simple, palpable. Rodrigo soñaba con grandeza, expansión, riqueza, un imperio que trascendiera generaciones.
Las diferencias surgieron poco a poco. Discusiones silenciosas, miradas que esquivaban la distancia, pequeñas tensiones que crecían como raíces que se enredan hasta romper lo que parecía sólido. No hubo gritos, no hubo violencia, solo un dolor sordo que atravesaba cada día, un duelo silencioso entre dos mundos que se amaban pero no podían coexistir.
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