Ocho años después, comprendieron que su amor, aunque real, no podía sostenerse bajo esas diferencias. Una tarde, sentados frente a frente en la mesa de la cocina, con la luz dorada filtrándose por la ventana, Rodrigo habló:
—No podemos seguir así —dijo, con voz cansada, mientras sus manos temblaban sobre la madera.
—Lo sé —respondió Gabriela, conteniendo las lágrimas—. Tú quieres un mundo que yo no quiero, yo quiero un mundo que tú no puedes dar. Ninguno va a cambiar.
El dolor era profundo, casi físico, pero el respeto y el cariño que aún existía los detuvo de destruir lo que quedaba: su dignidad, los recuerdos de lo que alguna vez compartieron, la esencia de lo que fueron. Decidieron divorciarse civilizadamente. Rodrigo se mudó a la ciudad, comenzó a expandir sus negocios, compró propiedades, contrató empleados, vivió la vida que siempre soñó. Tres semanas después conoció a Valentina: rica, educada, refinada, alguien que no solo compartía su visión de grandeza, sino que podía desafiarlo intelectualmente, retarlo y complementarlo a la vez. Se comprometieron en seis meses. Rodrigo creyó haber encontrado la pareja ideal.
Pero Gabriela descubrió que estaba embarazada. Intentó decírselo. Tres semanas después del divorcio, tocó la puerta de Rodrigo, con el corazón latiendo desbocado, con esperanza y miedo mezclados. Y fue Valentina quien respondió:
—Rodrigo no quiere verte. Está ocupado construyendo su nueva vida —dijo con frialdad elegante, los labios apenas curvados en una sonrisa que ocultaba algo de orgullo y algo de miedo.
El corazón de Gabriela se rompió en mil pedazos. Si él podía reemplazarla en tres semanas, ella podía criar a su hijo sola. Y así lo decidió. Durante ocho meses trabajó incansablemente en la tierra que amaba, sintiendo cada patada de su hijo, cada cambio en su cuerpo, cada dolor y alegría. Los vecinos murmuraban: algunos con lástima, otros con juicio. Don Vicente, un viudo bondadoso de 50 años, la ayudaba con las tareas más pesadas; doña Carmen, la partera, la supervisaba semana a semana. Todo estaba bajo control… salvo el silencio de Rodrigo, que la perseguía como un espectro invisible.
Cada amanecer, Gabriela se levantaba antes del sol. Regaba los árboles, alimentaba los animales, cargaba leña, araba la tierra. Cada esfuerzo le recordaba que podía sostener la vida de su hijo y la suya propia sin depender de nadie. Su mundo se reducía a la tierra, a su hijo y a la fuerza que brotaba de su interior.
Valentina, mientras tanto, tenía su propia batalla interna. Era hermosa, pero no era solo belleza superficial: inteligencia, ambición y astucia la convertían en alguien temible. Sabía leer a las personas, anticipar movimientos, manipular con delicadeza. Pero también sentía inseguridad. Rodrigo pensaba constantemente en Gabriela; la mujer que había amado, que había compartido su vida, que ahora llevaba su hijo. Valentina lo notaba, y aunque no lo decía, esa realidad le generaba miedo, celos y un deseo de demostrar que podía ser más que una “reemplazo”: podía ser una “mejora”.
Y entonces, la primavera los cruzó de nuevo. Rodrigo cabalgaba con Valentina, mostrando tierras que esperaba comprar, hablando de negocios y futuro, cuando la vio. Gabriela caminaba hacia el granero, cargando leña bajo el sol brillante. Cada paso mostraba fuerza, dignidad y belleza silenciosa. Rodrigo desmontó sin palabras. Sus piernas temblaban. Su corazón latía como nunca antes. Ese niño… su hijo… había estado allí todo el tiempo, y él no lo sabía.
Gabriela lo vio y su rostro se llenó de sorpresa, miedo, enojo y vergüenza. Rodrigo finalmente la miró de verdad, después de meses de distancia, negocios y ausencia.
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