Él estaba perdido en un nuevo amor… ¡y no sabía que iba a ser padre! ¿Cómo se resolverán estos enredos?

El niño creció entre risas, aromas de tierra húmeda, frutas maduras y el canto de los pájaros. Cada amanecer en la tierra de Gabriela era un recordatorio de que los lazos se construyen con tiempo, respeto y cuidado. Rodrigo entendió finalmente que su legado no eran las propiedades, ni el dinero, ni los imperios que había soñado construir, sino este hogar, esta familia, esta vida que aprendió a proteger y a amar sin condiciones.

Y así, en el corazón de la tierra que Gabriela siempre había amado, entre el sudor, el sol y la risa del niño que era fruto de su amor y de su pasado, encontraron la paz. No un final perfecto, pero uno verdadero: lleno de responsabilidad, ternura y el aprendizaje de que la vida no se mide por lo que se posee, sino por lo que se es capaz de cuidar y amar.

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