El Mensaje Que Destrozó Su Imperio: La Dueña Silenciosa

El viento frío mordía la piel expuesta de Graciela. No tenía chaqueta. Estaba de pie sobre el mármol reluciente, bajo un cielo de terciopelo y estrellas indiferentes. El vestido era rojo. Terciopelo barato, hallado en una tienda de segunda mano, costó treinta dólares. Sentía su peso. Sentía su vergüenza.

Adentro, la risa de cien extraños flotaba sobre el césped. Una carcajada helada. Ellos brillaban. Ella se sentía opaca.

Acababa de ser escoltada.

Patricia, la anfitriona, se había deslizado hasta ella como una serpiente plateada. El vestido de Patricia, decía la mirada, valía más que su coche. Más que su matrimonio.

“Qué pintoresco. ¿De segunda mano? Se nota, querida.”

La palabra barata no fue pronunciada. Flotó en el aire, pesada.

Graciela sintió el ardor en sus mejillas. Quiso responder con dignidad. Solo logró un susurro. “Vine a apoyar la caridad.”

La otra mujer, Jessica, soltó una risita aguda, como cristal roto. “La contribución empieza en cinco mil. ¿Cabe eso en tu presupuesto, cariño?”

El círculo se cerró. La gente miraba. La escena se ralentizó.

Patricia se inclinó. Su perfume era caro y abrumador. “Estás avergonzando a tu marido. Este no es un lugar para quienes compran en tiendas de caridad. No cumples el estándar.”

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