Una frase. Un golpe seco.
Graciela buscó a Andrew. Su esposo. Su protector. Estaba al otro lado del salón, inmerso en una conversación de negocios. Andrew, el hombre que le prometió una vida de sueños, que la mantenía en un apartamento minúsculo, dándole una mísera asignación.
Sus ojos se encontraron. Ella le rogó. Silenciosa. Desesperada.
Andrew la vio. Vio la humillación, el círculo de mujeres, la mano del guardia de seguridad acercándose. Y desvió la mirada.
Dio la espalda.
Fue peor que una bofetada. Fue la muerte de una promesa.
El guardia la tocó con suavidad en el codo. Fue un toque amable, profesional. La acción fue brutal.
Graciela caminó. Pasó junto a los invitados. Las cabezas se giraron. Los murmullos la siguieron como una marea oscura. Sintió las lágrimas calientes, pero se negó a que cayeran. Solo el mármol, inmenso y frío, fue testigo de su caída.
Fuera, bajo los árboles iluminados, el guardia le ofreció llamar un taxi. Ella negó con la cabeza. Empezó a caminar por el largo camino de entrada, las luces diminutas convertidas en faros de una pesadilla. Los zapatos plateados, comprados por quince dólares, le rozaban los pies. El vestido rojo, que por una hora la había hecho sentir hermosa, ahora le pesaba como una armadura oxidada.
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