El Mensaje Que Destrozó Su Imperio: La Dueña Silenciosa

LA OSCURIDAD

Andrew llegó tres horas más tarde. Entró en el pequeño apartamento. La luz se encendió de golpe.

Ella estaba sentada en el sofá, aún con el vestido. Roja contra el gris del tejido barato.

Andrew no vio a su esposa. Vio un desastre.

“¿Sabes lo humillante que fue eso?” Su voz era dura, sin fisuras de preocupación. “Todo el mundo estaba hablando. Gregory, el marido de Patricia, es mi socio. Me hiciste quedar como un tonto.”

Graciela sintió una quemadura lenta subir por su pecho.

“¿Yo te hice quedar como un tonto?” Su voz era un hilo frágil. “Me echaron por ser pobre, Andrew. Me humillaron. Y tú te quedaste ahí.”

“¿Qué esperabas que hiciera?” Andrew se quitó la corbata, el nudo de seda voló sobre la mesa. “Tú no debiste usar ese vestido barato. Te dije que estos eventos eran diferentes.”

“Me diste doscientos dólares. ¿Qué se supone que hiciera con eso?”

“Ese no es mi problema,” dijo él, su rostro rígido. Se dirigió al dormitorio. “Quizás no debiste venir.”

La puerta se cerró. Un sonido final.

Graciela se quedó sola. No lloró más. El dolor se había convertido en una claridad fría, como un cristal recién cortado.

Andrew no la amaba. La usaba. Ella era la esposa conveniente. La mujer que no exigía bolsos de diseñador, ni cenas caras. Era barata de mantener. El hombre rico que quería guardar su dinero para sí mismo.

Estuvo en esa oscuridad por tres días. Faltó al trabajo en la biblioteca. Andrew la evitaba. Su matrimonio era un silencio lleno de acusaciones no dichas.

Se preguntó si tenía la fuerza para irse. Unos ahorros ridículos. ¿A dónde ir?

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