El aire se fue de la sala.
La compañía de Andrew.
“Mi abuela… era dueña de la mayoría de la compañía de mi marido.”
“Así es. Y ahora, usted lo es.” Harrison sonrió levemente. “Usted es la accionista mayoritaria. Usted, de hecho, es la dueña de la compañía. El señor Andrew Hartman le reporta a usted. El consejo de administración fue notificado esta mañana del traspaso de propiedad.”
Un temblor recorrió a Graciela, pero no era de miedo. Era de poder. La verdad se reveló: la abuela había sido brillante, estratégica. Le había dado no solo dinero, sino elección, libertad y un arma oculta.
LA CONFRONTACIÓN
Graciela condujo a casa en un trance. Se bajó de un taxi, pero no sentía el suelo bajo sus pies.
Al abrir la puerta, el grito la detuvo.
Andrew estaba al teléfono, paseando de un lado a otro. Su rostro estaba rojo, frenético.
“¡No me importa lo que digan los papeles! ¡Averigüen quién es esa persona! No pueden tomar el control así. ¡Llamen a los abogados! ¡A los contadores!”
La vio. Dejó la llamada en espera. Sus ojos eran rabia y pánico.
“Graciela, no es un buen momento. Tenemos una crisis. Un inversor mayoritario compró la participación de la abuela Elena y ahora es el dueño. Esto podría arruinarlo todo.”
Graciela dejó caer su bolso, lentamente, sobre la mesa de la entrada. Sus manos, por fin, estaban firmes. Su mente, en calma total.
“Andrew,” dijo ella, y su voz era baja, un tono que él nunca había escuchado. “Esa persona… soy yo.”
El color se drenó del rostro de Andrew. Se quedó pálido, casi transparente.
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