Se giró. Santiago estaba allí, despeinado, sin aliento, sin autoridad.
"¿Qué haces aquí?", preguntó.
Él le entregó un pañuelo blanco.
"Esto estaba en tu bolso. Es el collar de Elena. Creí una mentira."
Laura desdobló la tela. El oro brillaba bajo la luz fluorescente.
"¿Quién hizo esto?"
"Mónica. Y yo fui un tonto." Se le quebró la voz. “Sofía está enferma. Me dijo la verdad. Mi hija me salvó de mí misma.”
Laura se quedó paralizada.
“¿Y crees que un collar arregla esto?”, susurró.
“Vine a pedir perdón”, dijo él. “Y a decirte que si alguna vez regresas, no será como alguien desechable. Con respeto. Con dignidad. Y si no… por favor, déjame llevarte con Sofía. Se merece una verdadera despedida.”
Laura pensó en el llanto febril de Sofía. Los bracitos alrededor de su cuello.
“Vámonos”, dijo. Nada más.
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