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El millonario regresa a casa antes de lo previsto, y la señora de la limpieza le dice: "No digas nada..." La razón lo deja sin palabras...

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El temblor en las manos de Marta era real. Y esas voces, esas malditas voces, eran aterradoramente realistas. "¿Cuánto falta?", preguntó el hombre. Su tono había cambiado. Parecía impaciente, hambriento. "Ya no falta mucho", respondió Elena. "Las dosis están haciendo efecto. Lo he visto cansado, mareado. Le echa la culpa de todo al estrés, a la edad. Nunca imaginaría la verdad". El mundo de Ricardo se detuvo. Las dosis, la fatiga, los inexplicables mareos de las últimas semanas. Los médicos le habían dicho que estaba trabajando demasiado, que necesitaba descansar.

Había seguido su consejo, convencido de que todo acabaría saliendo bien, pero fue en vano. Su estado empeoraba cada día. Y ahora entendía por qué. Su esposa lo estaba envenenando. A través de la rendija, Ricardo por fin vislumbró quién estaba con Elena. El corazón le dio un vuelco. Deseó estar equivocado. Rogó estar equivocado, pero la realidad era implacable. Sentado en su sofá italiano, con una copa de su mejor whisky en la mano, estaba Nicolás, su hermano menor, el mismo al que había ayudado a salir de la ruina cinco años antes, el que había llorado de gratitud cuando Ricardo le ofreció un puesto en el negocio familiar, el que cenaba en su mesa todos los domingos.

Nicolás y Elena rieron juntos como viejos amantes. Porque eso era lo que eran, comprendió Ricardo con creciente náusea. Amantes, conspiradores, asesinos. «La herencia será toda nuestra», dijo Nicolás, aflojándose la corbata. «El negocio, las propiedades, las inversiones... todo estará firmado y sellado a mi nombre cuando muera». Elena se acercó a él y le puso una mano posesiva en el hombro. «Hemos esperado tanto, mi amor, pero no tardaremos mucho más. Solo necesitamos tener un poco más de paciencia». Y de repente, la criada le preguntó a Nicolás...

Marta pasa demasiado tiempo cerca de él. ¿Crees que sospecha algo? En la oscuridad del armario, Marta tensó todos sus músculos. Ricardo la sintió ahogar un sollozo. Ahora entendía por qué lo había escondido, por qué había arriesgado su posición, quizás incluso su vida, para protegerlo. "¡Esa vieja tonta!", se burló. "Elena es demasiado leal, demasiado sumisa. Nunca haría preguntas. Cuando Ricardo muera, simplemente la despediré. No causará problemas". Esas palabras le hirieron como ácido. Durante años, había considerado a Marta un simple mueble.

Una persona eficiente, pero invisible. Esta mujer invisible ahora lo salvaba, mientras su propia familia lo mataba lentamente. "Necesitamos aumentar la dosis", sugirió Nicolás con frialdad y profesionalismo. "El médico al que sobornaste dijo que, con los antecedentes familiares de Ricardo, a nadie le sorprendería un infarto, pero necesitamos acelerar el proceso". "Tienes razón", asintió Elena. "Mañana le doblaré la dosis en el café de la mañana. Con su próximo viaje a Monterrey, todo terminará antes de fin de mes". Ricardo sintió que las piernas le fallaban.

Un repentino mareo lo agarró. No era solo un shock emocional; era veneno. Durante semanas, quizá meses, le habían estado dando muerte disfrazada de amor conyugal. Marta lo abrazó con fuerza, impidiéndole derrumbarse. El más mínimo sonido los delataría a ambos. Y Ricardo no tenía duda: si los descubrían ahora, no saldría vivo de esa casa. El tiempo pasado en el armario se había vuelto pesado, asfixiante. Ricardo luchaba por mantenerse consciente mientras las voces seguían tejiendo su red de traición.

Cada palabra confirmaba un poco más su sentencia de muerte. Nicolás hablaba ahora de cuentas en el extranjero, documentos falsificados y testigos corruptos. «La policía no investigará nada», le aseguró su hermano con una confianza obscena. «Tenemos al juez Márquez en nómina. Un hombre de 62 años con problemas cardíacos que muere de un infarto es casi estadísticamente predecible». Ricardo sintió un sudor frío correr por su espalda. Sus manos temblaban incontrolablemente. El veneno estaba surtiendo efecto en ese preciso instante, debilitándolo, preparándolo para el final que habían planeado con tanta meticulosidad.

De repente, su codo rozó la oscuridad. Una vieja caja de zapatos, precariamente en equilibrio sobre un estante, se estrelló contra el suelo con un estruendo que resonó como un trueno en el silencio. Las voces se callaron al instante. El silencio que siguió fue peor que los gritos. ¿Qué era? La voz de Elena había perdido toda su dulzura. Ahora sonaba alerta, amenazante. Unos pasos comenzaron a cruzar la habitación. Lentos, deliberados, buscando algo. Ricardo sintió que el pánico le oprimía la garganta.

 

 

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